martes, 13 de agosto de 2019

Enterrar a un padre maltratador



Despertar en mitad de la noche con una llamada de tu hermana. “Papá ha muerto” dice.

Sentarse a las tres de la madrugada en el balcón de tu piso sin saber qué hacer: ¿lloro? ¿río? ¿me entristezco ¿me alegro? ¿voy al velatorio? ¿me quedo en casa? 

Que tu pareja se acerque y le cuentes lo que pasa, que te pregunte “¿qué vas hacer?” y no tener ni puta idea.

Sentir que los recuerdos caen como pesadas losas en un pozo profundísimo que tienes en tu alma, 
uno que tapaste hace muchos años con un grueso trozo de madera imaginaria para no asomarse al fondo, 
para no sentir la tentación de acercarse y mirar, 
para evitar que el abismo te llame y tú, ansiosa, triste, deseosa de un olvido que no llega, 
te inclines y resbales.

Preguntarte si eres una mala persona por decidir no ir al entierro, 
por no querer abrir una herida que por muchos años que pasen siempre estará tierna,
siempre sensible,
siempre a un suspiro de abrirse. 

Preguntarte si lo haces por ira, por rencor. 
Y no, no es rencor ni ira, es pura fragilidad: 
mi corazón no resiste ni un solo recuerdo más de mi padre, 
ni siquiera el de su tumba, 
especialmente ese porque significa que cualquier esperanza se acabó. 

Ya lo sabía ¿a quién querría engañar? 

Pero mientras él respiraba en algún lugar de este planeta cabía el sueño imposible de un arrepentimiento. 
Cabía soñar despierta con su abrazo pidiéndome, pidiéndonos, perdón; 
fabular con la felicidad que nos escatimaba, 
con una aprobación que nos robaba, 
con unos abrazos que sabían a amenazas, 
con esa seguridad que dan las fotos de las familias de otros.

Decidir olvidarlo para siempre, 
decidir no llamar a su viuda, 
decidir no preguntar a amigos ni a los familiares con quien aún se relacionaba, 
decidir no ver su tumba ni lo que hay escrito en su lápida 
y decidir todo esto preguntándote si haces bien, 
si no te arrepentirás, 
si eres una mala persona por no dar tu último adiós a ese padre maltratador 
y finalmente comprender que hagas lo que hagas vas a sentirte mal, 
que no hay decisiones buenas ni malas porque ya ha terminado todo, 
este es el final definitivo.

Comprender que realmente nunca lo echaste de menos, 
que no lo añorarás, 
que no hay nada a lo que hayas renunciado desde que se fue 
y que lo único por lo que llorarás será
por el padre que nunca llegó a ser. 


Patri Arcadas

sábado, 13 de julio de 2019

El misterio de los hombres que no sabían que violaban



Rocío tiene diecisiete años. Vuelve de una fiesta a dos calles de su casa. Normalmente la acompañaría su amiga pero ésta se ha quedado un rato más y Rocío ha pensado que puede volver sola a casa porque está cerca. ¿Qué podría pasarle? Rocío es mona pero no demasiado; lleva zapatos de tacón pero no demasiado; viste una falda corta pero no demasiado; lleva maquillaje para sentirse guapa pero no demasiado; habla con los chicos pero no demasiado, ¡caray, si ni siquiera ha tenido novio¡ Cuando está a punto de llegar al portal de su casa siente que unos brazos la agarran por detrás y la meten en un callejón oscuro. No puede ver si es un hombre, dos o tres. Sólo sabe que en la oscuridad de aquel lugar unas manos que le parecen cientos la desnudan y la tocan sin su permiso. Intenta gritar pero tapan su boca, intenta morder y le pegan un puñetazo que estalla en una burbuja de sangre tras sus dientes. Se defiende porque sabe que van a violarla: muerde, patalea, araña… No le sirve de nada porque esos brazos anónimos que no sabe si son dos o son cientos la reducen a base de golpes hasta conseguir lo que desean. Cuando la atienden en el hospital descubren que la han violado vaginal, anal y bucalmente. Tiene dos costillas rotas, un tímpano reventado, la visión de un ojo dañada y una muñeca dislocada. Durante los próximos meses lo único que hace es llorar y quedarse metida en su habitación. No volverá a reír en años, no alternará con amigos, no se relacionará con nadie, sólo será capaz de salir de su casa acompañada de sus padres. Dejará los estudios, ni siquiera podrá buscar trabajo porque sufre episodios de pánico. Es una mujer rota.

Este relato no es real y aunque muchas mujeres podrán sentirse identificadas, la verdad es que ni siquiera se aproxima a lo que normalmente pasa. Rocío es ese ideal que todos imaginan como “la buena violada”, es decir, la chica que no llama la atención, que no “provoca”, que no tiene una vida sexual activa. Rocío es “la buena violada” que durante el asalto se defiende con uñas y dientes porque prefiere morir a ser violentada. Rocío es “la buena violada” que después de la terrible experiencia no es capaz de recuperarse porque así es como nos quiere la sociedad machista, derrotadas y vencidas. Además esta es la violación que sobrevuela en el imaginario colectivo, la violación a la que nos han enseñado a temer: de noche, por desconocidos, golpeada mientras te defiendes. Pero las mujeres hemos aprendido que aunque este peligro es real hay otro mucho más frecuente y cercano y que atañe a los hombres próximos a nosotras. Porque la realidad, la de verdad, la que amenaza nuestra integridad cada día y que permanece oculta tras esa agresión idealizada sobre lo que es una violación, es que alrededor del 85% de las agresiones sexuales que padecemos las mujeres son llevadas a cabo por conocidos, bien amigos, familiares, novios, parejas o ex. Gente en la que confiamos y que forma parte del núcleo de confianza en el que nos movemos de forma habitual.

En ese relato inicial empieza ese fenómeno tan extendido y que tan fácilmente se pone en evidencia cuando se acusa a un hombre de violación, que es el hecho de que ellos no se reconocen como violadores. “Fue consentido” dicen. Y lo peor de todo es que, en la mayoría de los casos, lo creen. Porque ellos no son ese extraño que las asalta en la noche, a veces ni siquiera las agreden físicamente, tan sólo aprovechan las circunstancias porque ya sabemos, “los hombres son así y las mujeres tenemos que guardarnos”. De modo que piensan que si ellas no dicen que no ni se oponen de forma activa, ¿cómo se supone que van a saber que la mujer no quiere? Por supuesto, lo que omiten en su cabeza porque no forma parte del relato que les han enseñado, es que si la mujer estaba inconsciente o bebida o drogada o enferma no está en condiciones de otorgar su consentimiento, o que la violencia ambiental que han ejercido previamente condiciona el comportamiento de la mujer que "se deja hacer", y tampoco forma parte del relato que ellas tengan tanto miedo que sean incapaces de oponerse ante el temor por su vida, ni que incluso ella pueda participar “tomando su pene” como afirmó un violador de la manada no porque ella desee el contacto sexual, sino tal vez porque esperaba que así pudiera él alcanzar cuanto antes su placer y acortar ella su calvario. No, nada de eso forma parte del relato que la sociedad ha contado de lo que es una violación por lo tanto, ellos no se reconocen como violadores.


Por supuesto a esto hay que añadir un par de elementos imprescindibles: la cosificación del cuerpo de las mujeres y la ausencia de empatía en la educación de los hombres. Con la una, que permite al hombre ver a la mujer como una cosa sin sentimientos que está ahí para su placer, y sin la otra, la capacidad de ponerse en el lugar de otro que se ha negado sistemáticamente a la educación masculina, es difícil no sólo que los hombres dejen de violar sino que, además, cuando lo han hecho sean capaces de reconocer sus actos. Y aquí, en el resultado, nos encontramos con ese hecho tan misterioso para nosotras y para cualquier persona con un mínimo de sensibilidad y empatía: el misterio de los violadores que no sabían que violaban.


Patri Arcadas

viernes, 24 de mayo de 2019

Algunos hombres buenos



Yo tuve los mismos amigos que cualquier chica de mi edad, ya sabéis: los compañeros de colegio, los vecinos, los amigos de mis hermanas, después los compañeros del instituto, luego del trabajo…, lo normal, vamos. Pero después de que el feminismo entrara en mi vida para hacerla más grande, más interesante y sí, también más jodida, la presencia masculina en mi ámbito más íntimo y privado es prácticamente anecdótica. Básicamente puedo dividir en dos las fases en las que los hombres desaparecieron de mi vida: la primera, yo misma los eliminé al percatarme de actitudes y comportamientos abiertamente machistas y violentos y que hasta ese momento había permitido al haberlos normalizado, de modo que cuando comprendí que eran inaceptables y ellos se negaron a cambiar, yo los excluí de mi vida con mayor o menor nivel de consideración. La segunda fase es cuando los que quedaban, esos cuyos comportamientos no parecían machistas o no los mostraban o no había surgido la ocasión en que pudieran ponerse en evidencia, empezaron a sentirse incómodos y molestos con mi militancia feminista. Y estos sí, amigas, estos sí que ha dolido perderlos cuando ha tocado. Porque en definitiva no dejaban de ser “hombres buenos”. Algunos hombres buenos.

Algunos hombres buenos son esos que no dicen piropos a desconocidas en la discoteca, que no sospechan de la víctima de violación, que no ponen en duda la palabra de una mujer maltratada, que no compran el discurso de las denuncias falsas, que tienen la vergüenza de sentirse incómodos ante chistes machistas y no comparten WhatsApps de novias desnudas, son esos que te acompañan a la mani del 8 de marzo y que se cabrearon con la sentencia de la manada, los que ves que cuidan a sus hijos, los recogen del colegio, faltan al trabajo para llevarlos al médico y van a la oficina sin dormir porque esa noche le tocaba a él velar por el bebé con fiebre. Sí, amigas, de esos también hay, es verdad que no muchos, también es verdad que a veces no cumplen toda la lista completa, pero bueno, teniendo en cuenta lo que hay por ahí, no está mal. Algunas diréis que no debemos aplaudir cuando simplemente hacen lo que deben, pero la verdad es que esto es aplicable no sólo en el feminismo sino en cualquier aspecto humano, visto lo visto a nuestro alrededor cualquier signo de decencia es de aplaudir, triste pero cierto.

La cuestión, como decía, es que incluso a alguno de estos últimos también los he perdido por el camino, ¿por qué? Porque se sentían incómodos con mi feminismo, interpelados por mis afirmaciones, insultados cuando yo me expresa con palabras como “los hombres violan, matan y agreden a mujeres y no pasa nada”. Not all men, decían. No, pero sí lo suficientes. ¿De verdad estos hombres se sienten aludidos cuando las mujeres hablamos así? ¿de verdad les resulta tan difícil entender que ese “hombres” no se refiere a cada uno de ellos sino al concepto de masculinidad tóxica que representa? ¿de verdad consideran que los interpelamos personalmente a ellos? ¡Ay, la fragilidad masculina!

Cuando no entiendo algo procuro hacer un ejercicio de empatía y ponerme en el lugar del otro, creo que es la mejor manera de comprenderlo. Así que busco en mi cabeza un grupo de personas que por cualquier característica pudiera sentirse oprimida por otro al que yo pertenezca. Me imagino a un colectivo de mujeres racializadas diciendo que las blancas las oprimimos, imagino mujeres del tercer mundo diciendo que las del primer mundo las explotamos, imagino a mujeres lesbianas diciendo que las heterosexuales las discriminamos. Yo, que no me considero xenófoba, explotadora ni lesbófoba, no me siento interpelada a nivel personal por estas acusaciones, entiendo que a quien critican es al grupo al que pertenezco, al sistema social que hace que mi colectivo tenga privilegios aunque yo no los comparta e incluso me posicione contra ellos, es más, trato de escuchar a los oprimidos y discriminados intentando distinguir qué comportamientos tengo que, de manera inconsciente, pueda perpetuar estas desigualdades e intentar evitarlas. Seguro que muchas veces no lo consigo, seguro que muchos comportamientos míos son reprochables porque no me he percatado de su injusticia, seguro que cometo muchos errores, pero nunca se me ocurre poner en duda sus reivindicaciones ni sus luchas ni sus voces clamando contra la desigualdad. Escucho, callo e intento comprender y después me esfuerzo en mejorar. Los hombres en su mayoría no hacen esto con el feminismo y no entiendo por qué, no alcanzo a comprender por qué es tan difícil razonar que no es una lucha personal contra ellos sino contra una masculinidad tóxica en la que también se han criado y que, por tanto, deben examinar para crecer como personas justas e igualitarias, pero no, se sienten agredidos. No entienden nuestros argumentos, siguen sintiéndose insultados y acusados de delitos que no cometieron. ¿Son sólo ellos, también nosotras lo hacemos, lo hacen otros grupos en cuanto se cuestionan sus privilegios? ¿Tal vez es este el motivo por el que hemos empezado a utilizar ese palabro nuevo: omvres?

No sé, pero me da a mí que hasta los hombres buenos tienen un ego muy malo.


Patri Arcadas

viernes, 17 de mayo de 2019

Las mujeres que le gustan a Díaz Ayuso



Me gustas cuando callas porque estás como ausente, dijo el poeta. Y Díaz Ayuso lo aplaudió.

Me gustas cuando pares y a la semana vuelves a trabajar, porque tus derechos como madre no me importan, sólo tu capacidad para seguir produciendo.

Me gustas cuando te explotan y callas, porque así los empresarios seguirán engrosando sus beneficios y diremos que la recuperación económica está conseguida.

Me gusta que cuando te quedes preñada no abortes, porque así crearás nuevos trabajadores y trabajadoras listos para ser explotados.

Me gustas cuando sales de casa y al volver pasas miedo, porque tu seguridad no me importa pero igual tu acosador-violador-asesino me vota.

Me gustas cuando eres tan pobre que decides alquilar tu capacidad reproductiva, porque gente acomodada podrá comprar el fruto de tu vientre y cientos de empresas verán crecer sus ingresos.

Me gustas cuando no tienes opciones en la vida y te prostituyes, porque podré pasearme tranquila por las calles y al verte con tu minifalda y tus tacones infernales podré pensar que eres una “emprendedora empoderada”.

Me gustas tú, así, sin conciencia de género, de sexo, de clase, de raza, de nada, porque cuanto más te esfuerces en triunfar y no lo logres más te diré que es culpa tuya porque no trabajas lo suficiente, y mientras tú te sientes culpable yo seguiré en mi trono observándoos a todas, pobres mujeres ignorantes e infelices, luchando entre vosotras intentando arañar mi mundo blanco, heterosexual, empoderado, enriquecido y privilegiado que, en realidad, nunca será vuestro.



Patri Arcadas

miércoles, 15 de mayo de 2019

Nadal y la ilusión de la igualdad




Que nos salga un señoro endiosado y elevado a los altares como es Rafa Nadal, a cuestionar la igualdad de géneros bajo argumentos tan manidos como la valía o señalando que en profesiones como el modelaje las mujeres cobran más, no es algo que nos pille de sorpresa. Sin dejar de reconocer su mérito como deportista y otros valores personales que he de admitir ha mostrado a lo largo de su vida, no es menos cierto que en cuestión de igualdad entre mujeres y hombres el tipo patina como un ciervo en un lago helado. ¿Qué le vamos a hacer? No es el primero ni será el último. No negaré que ante una persona como él que, en ciertos momentos de su vida, ha mostrado tener principios éticos y morales encomiables, me apena que la ignorancia sobre la realidad de las mujeres, el feminismo y las estructuras de poder se impongan en un señoro que podría ser un gran ejemplo a seguir pero que, en cambio, ha decidido ser vocero de los prejuicios y estereotipos de toda la vida tras el escudo neoliberal de la meritocracia, como si los condicionantes sociales, económicos, culturales, de género, raza, religión, etc., no contaran para nada.

Cabría decirle a este señoro, aunque sólo fuera a título informativo, que las mujeres no ganan menos porque valgan menos sino porque hay todo un sistema social, económico, político y cultural empeñado en ponernos la zancadilla. Que si las mujeres no triunfan tanto como los hombres es porque a ellas se les pone todo indescriptiblemente más difícil para conseguir los mismos logros. Que si las mujeres renunciamos al triunfo y al liderazgo es por cuestiones que a él se le escapan como la socialización de la “inferioridad natural femenina”, o la censura de valores que en ellos se ensalzan y en ellas se demonizan, o la doble y triple jornada que obstaculiza a las mujeres el llegar tan lejos como deseen. También me gustaría decirle a este dechado de inteligencia supina, que si las mujeres cobran más en el mundo de la pasarela no es porque haya igualdad en la sociedad y por eso de manera espontánea hay áreas laborales donde las mujeres están más empoderadas, ya quisiéramos. Las mujeres cobran más en este mundo porque es el reino de la cosificación femenina por excelencia, donde a las modelos se las paga para representar el ideal imposible de belleza con el que se imponen al resto de mujeres estereotipos imposibles de conseguir, con el fin de que nos sintamos disconformes con nuestro cuerpo y empleemos tiempo, dinero y energía en perseguir algo inalcanzable y que nos distrae de metas más interesantes como nuestra formación profesional, nuestro crecimiento personal, el fortalecimiento de la autoestima o la lucha social por la igualdad.

Pero he de decir que esto no me pilla por sorpresa. Tampoco que miles de mujeres se hayan lanzado a divulgar con miles de likes y caritas sonrientes el vídeo de este señoro, aplaudiendo su “imparcialidad”. Aunque duele, eso sí que duele. Mujeres que han debido crecer limitadas con todos los estereotipos del mundo, mujeres que pasan miedo por las noches al volver a casa, mujeres que no ascienden en su trabajo porque un compañero hombre es considerado mejor para el puesto, mujeres que ocupan los empleos más precarios de la sociedad, mujeres que luchan por que su ex les pase una miserable pensión por alimentos para dar una vida medianamente digna a sus hijos,…, todas esas mujeres sonriendo satisfechas ante un hombre blanco, heterosexual, triunfador, económicamente potente,…, hablándonos de igualdad.

Sí, hermanas, duele escucharos, duele leeros, duele sentiros. Simplemente duele.



Patri Arcadas

lunes, 6 de mayo de 2019

Por qué sí me importa tu sexo



Ayer estuve visionando una conferencia en el que una joven explicaba que, por no ajustarse a los estereotipos de género que se esperan de ella como mujer (ropa, maquillaje, físico, etc.,), se encontraba en situaciones sumamente desagradables y a veces abiertamente discriminatorias. Se me quedó especialmente grabado el relato en el que afirmaba sentirse incómoda en los baños de mujeres, ya que muchas de ellas se quejaban por su presencia. En general se preguntaba por qué le importaba tanto a nadie cuál era su sexo, cuál su aspecto, por qué era tan importante para la sociedad ubicarla en una categoría binaria (hombre-mujer) a costa de que ella tuviera que sacrificar cómo expresarse, cómo ser, cómo sentirse, o por el contrario encontrarse en situaciones ofensivas para ella.

En principio no puedo estar más de acuerdo con su planteamiento. Como feminista abomino de los estereotipos de género y defiendo la plena libertad para desarrollarse como una/o desee y le parezca. Estos principios alcanzan a cualquier persona: hombre, mujer, con capacidades diversas, LGTBI,…, nadie sobra, ningún cuerpo es incorrecto, ningún deseo es censurable. Ahora bien, mi feminismo no debe quedarse sólo en los planteamientos conceptuales y utópicos, hay una realidad ahí fuera a la que enfrentarse y esa realidad es que si cualquiera de nosotras, mujeres, entramos en un baño ocupado por lo que nos parece un señor, sabemos que las probabilidades estadísticas de que se nos acose, viole, veje, insulte o agreda tienden a ser de altas a muy altas, así que lo siento, pequeña, sí que nos importa ubicarte en una de estas categorías: hombre o no-hombre. Si tu aspecto es de no-hombre, créeme, nos importa bien poco. No es que yo esté de acuerdo en que la sociedad sea así pero lo es y si tú, con aspecto andrógino o abiertamente masculino, me induces a la creencia de que eres un hombre me importa mucho saber a qué categoría perteneces, porque si eres un hombre estoy en peligro como mujer. Me parece que esta joven centraba su discurso en plantear lo que le pasaba como exclusivamente un deseo o necesidad de la sociedad de clasificarnos y, aunque estoy de acuerdo en que eso sucede, la realidad femenina va más allá: las mujeres, simplemente, buscamos estar a salvo. 

Curiosamente no menciona en ningún momento cómo se sentían los hombres con respecto a ella y su aspecto, como si con ellos no fuera la cosa o no la hubieran interpelado por su aspecto o les diera igual, tal vez porque exactamente es así, a ellos les da igual, no se sienten amenazados. Se me ocurre que si yo fuera ella tendría cuidado con estos hombres a los que no cuestiona en su vídeo, no fuera a suceder que algún grupito de machotes decidieran “enseñarla” a ser mujer. No sería la primera vez que pasase, por desgracia.

No me alegra escribir esto porque, como he dicho, abomino de los estereotipos de género. Cada cual debería poder expresarse como quisiera y me encantaría que esta joven pudiera desarrollarse en su vida diaria con plenitud, en libertad y sin discriminación, pero la sociedad está configurada hoy en día como un peligro para nosotras y no podemos censurar a las mujeres por tener miedo, por desear estar seguras. ¿Cómo se conjuga el derecho a la libertad de esta muchacha y otras como ella con el derecho a la seguridad de las mujeres como colectivo? Creando un mundo más seguro para nosotras, más igualitario, libre de patriarcado, libre de estereotipos, libre de géneros. Hasta ese lejano, lejanísimo momento en que esto se consiga, nos encontraremos en situaciones en que el derecho de unas personas por expresarse libremente y no ser discriminadas chocará con el derecho de las mujeres a estar seguras y no es justo juzgar a éstas por rechazar o desconfiar o defender un espacio propio de quienes "parecen" hombres. 

Por desgracia la vida nos va en ello.


Patri Arcadas

miércoles, 24 de abril de 2019

Votando feminismo



No voy a aportar nada nuevo en estos días pre electorales. Decir que es urgente que las mujeres salgamos en masa a votar no es más que una reiteración. El problema de todo esto es que no dejamos de predicar entre conversos, es decir, hablamos por y para personas que ya están convencidas de lo que les contamos, así pues ¿cómo llegar ante las indecisas, las equivocadas, las mal informadas? Y sí, lo sé, se me puede acusar de prepotente y arrogante por suponer que quien no comulga con mis ideas está equivocada o mal informada pero ¿de qué otra manera podría ser si alguien vota a quienes pretenden hacernos viajar al siglo pasado?

Reconozco que me resulta imposible de entender a las personas y especialmente a las mujeres que votan a partidos que defienden el adelgazamiento de lo público y por tanto van en contra de nuestros intereses como colectivo, como si no supiéramos por experiencia propia o por ejemplo ajeno o por simple aprendizaje histórico, que lo público no es sino una inversión para la sociedad en general y para las clases menos privilegiadas en particular. Que alguien de clase baja o media o colectivos vulnerables vote a las derechas me resulta un ejercicio de incongruencia totalmente imposible de practicar. Ya lo decía mi abuelo: “no hay nada más tonto que un pobre de derechas”. ¿Qué nos ha pasado para que se nos olviden las diferencias de clase? ¿acaso hemos comprado el discurso neoliberal? ¿acaso no queremos reconocernos como “simples curritos” y aspiramos de esa forma patética y pretenciosa a ser unas “clases medias” que no somos? Y en cuanto a las mujeres ¿cómo se puede defender a quienes pretenden imponernos unas maternidades no deseadas? ¿a quienes defienden unas religiones que nos degradan a las categorías de animales o al de infantes poco desarrollados intelectualmente? ¿cómo se puede votar a quienes niegan la violencia de género, las violaciones, el acoso, la brecha salarial, la discriminación de género,…?

Todo esto es lo que nos jugamos en próximo 28 de abril. Lo que me parece más triste es que cuando yo coja mi voto el domingo no lo haré pensando en qué partido defiende mejor mis intereses, quién se pone de mi parte como mujer y como ciudadana de clase no privilegiada, ni quién tiene más que aportarme. Lo que pensaré es quién de todos ellos tiene pensado quitarme menos. Estas elecciones más que ningunas no son electivas, SON DEFENSIVAS.



Patri Arcadas