Cada cierto tiempo suele aparecer
en las redes, como una suerte de bucle en el tiempo, memes y publicaciones
donde se insta a las mujeres a no mentir a los hijos sobre los padres, a no
malmeterles, a tacharlas de malas madres si hablan mal del padre a los niños y
niñas. Estoy segura de que entre las personas que publican estos mensajes están
personas bienintencionadas que sólo pretenden salvaguardar a los pequeños de
los conflictos de sus padres, pero las buenas intenciones cuando van
acompañadas de ignorancia pueden ser letales.
Para empezar no debe pasarse por
alto que estos mensajes suelen ir dirigidos a las madres, existiendo a priori
una presunción de que somos nosotras, las mujeres, las que hacemos uso de la
inquina y la maledicencia para malmeter a nuestros retoños contra sus padres.
Nadie con una mínima capacidad de análisis y un intelecto medio puede pasar por
alto este hecho, nadie puede con un mínimo sentido crítico dejar de sospechar
que tras tan en apariencia sensato discurso, existe una clara misoginia: las
mujeres somos unas mentirosas, es el pensamiento que sin lugar a dudas se
esconde tras esta petición.
Las mujeres no somos santas, ni
mucho menos, podemos ser mentirosas, vengativas, crueles,…, COMO CUALQUIER
HOMBRE. El problema es que cuando tenemos útero estas malas artes se nos presuponen,
igual que en la época de nuestros abuelos cuando en la cartilla militar se
hacía constar “valor: se le supone”. Exactamente igual. Y no, por ser mujer,
por tener vagina, por tener XX en mis genes no soy por naturaleza mentirosa ni
cruel ni manipuladora ni nada, soy quien soy por mí misma.
Esto viene a raíz de un meme
recibido hace unos días en que se interpelaba a las madres a
no hablar mal de
los padres a los hijos y yo no podía sino pensar en mi propia experiencia. Cuando
mi padre pegaba o vejaba a mi madre no distinguía si sus hijas estábamos o no
presentes, la salvaguarda de nuestra integridad psicológica y moral era algo
que ni le importaba ni probablemente sabría qué era, pero mi madre siempre
pretendía salvarnos de esa experiencia, quería que no supiéramos lo que pasaba
y así, tengo recuerdos varios en los que mi padre golpeaba o gritaba a mi madre
en otro lado de la casa y nosotras acudíamos en su ayuda para encontrarla
tirada en el suelo. Cuando tratábamos de levantarla ella siempre decía “no es
nada, me he caído”. Yo no sé si soy una tía rara pero lo que sí sé es que yo vivía aquella mentira como una auténtica traición, porque aquellas palabras por
muy bien intencionadas que fueran lo que hacían era poner en duda mi propia
visión de las cosas, hacía tambalear mi criterio diciéndome que lo que yo veía
e interpretaba era mentira, dinamitaba mi autoconfianza en la percepción de mis
sentidos. Con el paso de los años se convirtió un tema recurrente con mi madre:
el daño de las mentiras, las buenas intenciones que se vuelven ponzoña, las
dudas que sembraban en mi mente infantil la negación de lo que yo percibía.
No es bueno ni deseable ni
saludable hablar mal a los hijos del otro progenitor, sea padre o madre, pero
tampoco me parece que lo sea ocultarles la verdad de lo que pasa porque con eso
(y lo he visto muchas veces) lo único que se consigue es negarles a los hijos
la posibilidad de defenderse de la realidad y en el tema que nos ocupa, además,
idealizar la imagen de un padre en detrimento de otro sin que sea acreedor de
tal privilegio.
Si además se trata de una familia
donde hay violencia machista, lo siento, madres del mundo, no hay mentiras para
ocultar lo que pasa, los niños y niñas no son personitas ciegas, sordas y mudas
que permanezcan en el limbo a la espera de que los padres les expliquen el
mundo, ellos ven, ellos escuchan, ellos sienten,…, vuestras mentiras
bienintencionadas no sirven porque no olvidéis nunca que las paredes oyen. No
importa lo bajito que lloréis.
Siempre me he sentido
inclinada a ponerme de lado de las personas más indefensas, lo que socialmente
se traduce en aquellas pertenecientes a colectivos discriminados y/o fuera de
la norma establecida, sea ésta la que sea. Con los años una ha ido desarrollando
aún más este instinto cuando los conocimientos se amplían y empiezas a
vislumbrar primero y conocer después, el modo en el que el sistema articula el
poder y sitúa a unos arriba (hombres, blancos, heterosexuales, ricos,
capacitados, religiosos, ajustados a los estereotipos de belleza, con estudios,
humano sobre animal, etc.) y a otros abajo (los demás) y eso te hace sentir de
forma aún más lacerante las injusticias que se comenten alrededor.
Es este sentido de la
justicia o la empatía o la compasión, vete tú a saber, lo que me ha hecho
indignarme con un vídeo que ha empezado a circular recientemente con el acoso,
los insultos y los gritos recibidos por dos personas transfemeninas/mujeres
trans en un bar en EE.UU.Obviamente me solidaricé con ellas
porque nadie, absolutamente nadie, debe ser insultado, acosado, irrespetado o
amenazado por ninguna condición personal, sea sexo, raza, orientación sexual,
religión, etc., y eso obviamente incluye a las personas trans, quienes merecen
todo el respeto del mundo no por ser trans, sino simplemente por ser personas.
Reconozco que de forma algo malvada me sentí secretamente feliz viendo cómo se
defendieron de su acosador y me hizo decirme a mí misma que ojalá hiciéramos
todas los mismo para que el miedo cambiara de lado, pero este pensamiento
también me llevó un poco más allá. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Será que las nacidas hembras humanas y por tanto socializadas como mujeres desde el
momento que se descubre nuestro sexo, no somos capaces de defendernos
físicamente? ¿Acaso va en nuestros genes la cobardía, la no violencia? ¿Por qué
estas personas transfemeninas/mujeres trans sí que utilizaron sin dudar la
violencia física y nosotras no somos capaces? Mi respuesta sólo es una: la
socialización.
Desde el segundo uno en
que venimos al mundo estamos dentro del engranaje del
patriarcado que, habiéndonos asignado el género femenino, nos dice que somos
débiles, sumisas e inferiores. Crecemos con la creencia de que somos incapaces
de oponernos físicamente a un hombre y mucho menos imponernos, de modo que, aun
siendo una realidad irrefutable que los hombres poseen como machos de la especie
mayor fuerza física, altura, peso o musculatura, ni siquiera en una situación hipotética en la que nosotras tuviéramos mayor corpulencia se nos pasaría por la cabeza
utilizar esta superioridad física en una confrontación, simplemente no nos lo
creemos, hemos asumido nuestra debilidad.
Son infinitas las veces
en que hemos estado en la misma situación que las personas del vídeo y algún
hombre nos ha insultado por cualquier motivo (nuestra ropa, nuestro rechazo a
sus avances románticos, nuestra sexualidad,…cualquier excusa es buena para atacarnos). ¿En cuántas ocasiones hemos
respondido o incluso enfrentado físicamente? Básicamente ninguna. No digo que no haya hermanas capaces de hacerlo y que hayan tenido la valentía y seguridad en
sí mismas suficientes para haberlo llevado a cabo pero, como regla general,
solemos preferir evitar esa confrontación. Aguantamos los insultos, nos
enfadamos, nos desahogamos entre nosotras, quizá le digamos algo pero no
demasiado agresivo, no demasiado retador, no demasiado maleducado (hasta en
esto nos suele pesar la educación de niñas buenas) y rara vez por no decir
nunca lo retamos físicamente o lo agredimos, antes optamos por marcharnos del
lugar.
La idea de que podríamos
o deberíamos hacerlo, la idea de actuar como las personas de este vídeo y hacer
valer también nuestra posible violencia defensiva es seductora porque ¿quién de
nosotras no ha soñado con que el miedo pase al otro bando? Pero por otro lado
no puedo dejar de pensar que como feminista quiero ser mejor que los hombres,
mejor que ese mundo que ellos han creado lleno de violencia y dominio.
Considero que hay
valores enormemente positivos en nuestra socialización: los cuidados, la
empatía, la resolución pacífica de conflictos,… el problema no está ahí sino el
contexto en que estos valores se desarrollan: sumisión, aprendizaje de la
indefensión, prioridad del otro sobre una misma,…, de momento sólo nos queda ir
desaprendiendo y batallando contra ese contexto.
Mientras, sigo mirando
ese vídeo y preguntándome si sería bueno que nosotras asumiéramos esa violencia
para defendernos y me digo no, no, no,…, pero ¡Ay, Dios, de qué buena gana le
metería dos hostias a más de uno¡
Hace unos días me estaba tomando un té tranquilamente en una cafetería cuando, accidentalmente, escuché a dos chicas jóvenes hablando en la mesa que tenía al lado. “Es que yo lo quiero y él me quiere. Lo sé. Me lo dice todos los días”. Comprenderéis que con semejante frase una feminista irredenta como yo no puede dejar de prestar atención. La conclusión que saqué de palabras sueltas que escuché aquí y allá es una historia ya bien conocida por cualquier de nosotras: chico celoso, posesivo, controlador, chica insegura, enamoradísima, resignada. Un día él pierde los papeles y la golpea, después vuelve llorando y pidiendo perdón clamando a los cuatro vientos cuánto la ama. Ella, como siempre, le perdona.
Por algún motivo que sólo mi mente caótica sabrá, recordé una conversación que tuve con mi padre. Sí, ése, el maltratador. Nos recuerdo en la casa del pueblo pelando tomates para hacerlos en conserva (rústica que es una, ya veis) y yo tendría unos trece o catorce años; no sé si la conversación giraría en torno al matrimonio o a las parejas o si él me veía crecer y pensaba que pronto empezaría a salir con chicos (a saber después de tantos años) pero sí que recuerdo una frase que me impactó: “a mí me gustaría para ti un hombre que te quiera tanto como yo quiero a tu madre”. Recuerdo con claridad que pensé “pues qué poco me quieres” contemplando con horror la posibilidad de tener a mi lado un hombre como él, pero después de aquello la frase ha venido a mi mente en múltiples ocasiones y he de reconocer que nunca dudé de que mi padre amaba a mi madre. Siempre creí que era así, que la amaba mal, que la hacía sufrir, que no sabía hacerla feliz, pero que sin duda y a su manera la amaba y mucho.
Ahora comprendo que los parámetros con los que medimos el amor están equivocados, siempre lo estuvieron en la medida en que los diseñaron ellos y para ellos. Un amor que supone que los hombres sólo ofrecen retazos del tiempo que les sobra, un hipotético sustento económico que todas sabemos que no siempre es tal, un amor que ignora nuestros deseos, nuestros sueños y nuestros tiempos, un amor que en realidad no es más que el espejo de sus propias y egoístas necesidades que no nos contemplan. Pero ese era y es el amor que nos venden, ese amor absorbente, exclusivo y pasional pero en el que las obligaciones, las excepciones, los perdones y la entrega siempre estuvieron desigualmente repartidas, tocándonos a nosotras la peor parte. Mi padre amaba a mi madre, sí: trabajaba para el sustento de la familia, la quería en exclusiva, la celaba, sentía temor a perderla, pretendía obligarla a que sólo tuviera ojos para él. Ese era el concepto del amor que tenía mi padre, contemplarla como una propiedad a la que nadie debía tocar. Y si él era feliz ella también debía serlo, ¿cómo iba a imaginar que mi madre tuviera necesidades y deseos propios?
Poco a poco el feminismo va cambiando la forma en que el amor se conceptualiza, aunque aún queda un trabajo hercúleo por hacer. ¿Cómo no va a quedar con películas y novelas y música que erotizan y romantizan el acoso, los celos, la posesión, el maltrato? Pero estamos en ello. Mientras tanto seguirán existiendo hombres como mi padre, que dentro de los pobres y estrechos parámetros con los que se ha medido siempre el amor, han pensado que amaban mucho y bien.
Qué suerte de no tener un hombre que me ame como él. Qué suerte de que quizá no me quieran tanto pero que me quieran mejor. Qué suerte haber aprendido que si es amor, no duele.
Cuando mis hermanas y yo abandonamos
definitivamente el domicilio familiar, mi padre empezó a quejarse de que nunca
íbamos a visitarlo ni le llamábamos ni nos preocupábamos de su salud; nuestras visitas
eran pocas y cuidadosamente estudiadas para no coincidir con él. Tras el divorcio se propuso divulgar a todo aquel
que quisiera escucharle que sus hijas le habíamos dado la espalda y que, aparte
de malas personas, habíamos sido influenciadas por mi madre que nos había
malmetido y puesto en su contra, convirtiéndola a ella en la mala malísima de
nuestra relación paterno-filial.
Resulta curioso que mi padre pudiera creer
que mujeres hechas y derechas como éramos ya sus hijas careciéramos de criterio para discernir qué era verdad y qué mentira de lo que, hipotéticamente, mi
madre nos hubiera contado.
Parece ser que no sólo era una madre perversa, sino
también una mujer de poderes sobrenaturales tan extraordinarios que era capaz
de implantar en nuestra memoria recuerdos falsos ya que, según la versión de
mi padre, no era cierto lo que ella nos contaba, de modo que deben de ser también
falsas las imágenes de mi madre sobre un charco de sangre porque él le había
roto la ceja, de mis visitas a escondidas con ella a urgencias con moratones, ojos
morados, nariz rota y un largo etcétera de “casuales accidentes domésticos”, deben
de ser también falsos los recuerdos de mis hermanas abrazadas en un rincón del
dormitorio mientras la pequeña se orinaba encima de puro miedo o de mí
arrancándome la piel de los antebrazos con las uñas castigándome por ser una cobarde
y no atreverme a enfrentarlo cuando nos pegaba. Falsos, según él, falsos todos
los recuerdos, malquerencias de mi madre, manipulaciones, mentiras,…, qué
extraordinaria capacidad la de mi madre para insertar falsos recuerdos en
nuestras mentes infantiles y en las juveniles y en las adultas…, cualquiera
diría que si ella gozaba de semejante superpoder bien podría haberlo convencido para que cogiera la puerta y se marchara. Tonterías de mujer que prefería
manipular a las hijas en vez de al marido, tonta más que tonta… (aclaro la nota
de sarcasmo, no vaya alguien a tomarlo literalmente y me acuse de defender a un
maltratador)
La cuestión es que ni ahora mis recuerdos
son falsos ni lo fueron entonces, que mi madre si hizo algo fue callar y tapar,
lo cual durante muchos años le eché en cara porque me decía que yo interpretaba erróneamente lo que veía, que las palabras que mi padre pronunciaba querían decir otra cosa
diferente, que la bofetada era una caricia mal calculada, que el moretón una caída, que la vejación un broma… así que si hubo alguna mentira que saliera de su boca fueron
las encaminadas a hacernos creer que no pasaba nada, que no era para tanto, que
lo habíamos interpretado mal.
Durante mucho tiempo me culpé por no
hablar. Ahora me doy cuenta de que da igual que lo hubiera hecho porque la
sociedad, la justicia, el patriarcado, me hubiera silenciado. Lo veo cuando caen
en mis manos publicaciones sobre el SAP, ese invento conocido como Síndrome de
Alienación Parental. Para los profanos y profanas aclaro que este invento
psicológico es un supuesto síndrome por el cual una niña o niño mostraría una
actitud de rechazo, miedo u hostilidad hacía uno de los progenitores inducido
psicológicamente por el otro. Su lógica es tan perversa que, cuanto más muestra
un niño o niña su rechazo a un progenitor, más manipulación se entiende que hay
por parte del otro y la receta que da es apartar de manera radical a la hija o hijo del manipulador y entregarlo a aquel contra quien se ha indispuesto.
Fácil ver lo criminal de todo: cuanto más temen los hijos e hijas a sus padres
maltratadores, más interpreta el SAP que son manipulados, porque ¿quién va a
creer que un menor dice la verdad? ¿quién va a creer a esa niña que dice que su
padre le pega?¿quién va a creer a ese niño que afirma que su padre es un monstruo? Nadie. El sistema está perfectamente
engrasado para seguir endiosando al
hombre y presuponiéndolo un buen padre de familia y en igual medida que se
duda de la palabra de los niños y niñas lo mismo se hace con la madre
¿cómo se atreve ella a cuestionar al padre? ¿cómo se atreve a apartarlo de él
aunque sea con la excusa del maltrato? ¿no es de sobra conocido que un
maltratador puede ser un buen padre? (Nuevamente, sarcasmo modo on).
Las niñas y niños no son creídos porque se
invalida lo que dicen, adultocentrismo. Al padre se le presupone siempre un
buen padre de familia y así lo perpetúa un sistema judicial viciado de machismo,
patriarcado. Y si quieren saber por dónde viene la misoginia más brutal, les
contaré un secreto: el Síndrome de Alienación Parental se llamaba
originalmente SÍNDROME DE LA MADRE MALICIOSA. Ahí es ná.
Hace ya ocho años que mis padres
se divorciaron y aún hoy nos resentimos en la familia de la historia de
maltrato que vivimos. Mi madre no decidió poner fin a su matrimonio sino él:
había encontrado una mujer más joven a la que dominar, abusar y maltratar, pero
con el aliciente de la novedad y la falta de reproches (aún). Se fue porque,
cito textualmente, “eres una vieja inútil, siempre llorando, no vales ni para
la cama, me deprimes”. Por supuesto en ningún momento se planteó que el motivo
de su tristeza fuera él. Mi madre está mejor, mucho mejor, pero la depresión
sigue siendo parte de su vida y no creo que nunca la vaya a abandonar.
En aquel momento de la historia
todas las hijas habíamos abandonado el hogar familiar y nos habíamos marchado
lo más lejos que pudimos. Mi hermana mayor se trasladó con su marido al País
Vasco, mi hermana pequeña se quedó embarazada a los diecisiete (sospecho que de
forma intencionada, aunque jamás lo dijo) y se fue a vivir con su novio y los
padres de éste y yo fui la única que quise estudiar y mi padre sólo me permitió cursar
un ciclo de formación profesional, por supuesto en algo femenino como la
administración. En cuanto tuve mi primer empleo me fui de casa. Así las
cosas, cuando mi madre se divorció no tuvo a nadie cerca porque eso es lo que hace la
violencia de género: crear una terrible soledad en cada uno de los que la
sufren. Y creedme, no hizo falta que mi padre se fuese para que mi madre
estuviera sola,siempre lo estuvo, al igual que nosotras, porque es falsa esa
idea que hace creer que las víctimas se apoyan frente al maltratador, es falsa esa idea romántica de que fortalece a la familia, que la une para afrontar los
problemas, que te obliga a hacerte fuerte, a hacer piña, a sostenerse unas a
otras. Es falso, todo falso, no lo creáis. La violencia de género dentro del ámbito familiar convierte a cada uno de sus miembros en una isla, en un reducto de
soledad infranqueable, en átomos de miedo que vuelan solos y perdidos por el
aire. Mi madre no se quedó sola porque sus hijas nos fuéramos, no se quedó sola
porque mi padre se marcharse, ella siempre estuvo sola y nosotras con ella
mientras vivimos en aquella casa. También después, porque la violencia de
género es una hecatombe que dispersa el amor, la solidaridad, la unión,..., el
maltrato rompe familias, rompe personas, a veces para siempre.
Supongo que es una idea
encantadora pensar que una vez que el maltratador salió de nuestras vidas todo
se arregló, volvimos a estar unidas, volvimos a recoger nuestros pedazos
rotos y recomponernos, pero no es cierto. Seguimos siendo una familia rota,
seguimos siendo personas rotas, llenas de rendijas por las que se fuga la
esperanza, de grietas que afean nuestros gestos y de enormes vacíos que nos
ahogan y nos imposibilitan comportarnos con la espontaneidad que debería ser propia de un núcleo familiar.
Seguimos luchando contra la
devastación que nos dejó tantos años de violencia, seguimos luchando contra
nuestros miedos más atávicos, contra nuestros lastres, contra los recuerdos que
coartan nuestra vida y también y sobre todo contra el rencor, ese rencor
indefinido y pegajoso que envuelve nuestras relaciones familiares
culpándonos entre nosotras por no haber estado, por no haber luchado, por no
habernos defendido, por mil cosas que no fueron nuestra culpa pero que nos
pertenecen como si lo fuera.
Somos una familia rota, somos
personas rotas. Eso es lo que hace el maltrato.
También seguimos luchando, no nos
damos por vencidas, seguimos reinventándonos para lograr una victoria. Eso es
lo que hace una mujer, cuatro mujeres, nosotras.
Ana es la vecina del quinto.
Tiene setenta y seis años y es grosera, impertinente y cotilla. Llama puta a
cualquier jovencita con minifalda, vota a la derecha “porque son unos señores
de los de antes”, cuando se le presenta la ocasión engaña a la dependienta del
supermercado que tiene un leve retraso. Es odiosa. Se ha separado de su marido
porque ya no aguantaba sus malos tratos. Yo la creo.
Isabel es la compañera de
trabajo. Es envidiosa, malhumorada y poco solidaria. Siempre que puede, se
escaquea de poner su parte en el bote para el café de media mañana, enfrenta a
los compañeros entre sí y carga a los demás con su trabajo a medias. Ha
denunciado a su marido por violencia de género. Yo la creo.
Tamara es la drogadicta del
instituto. Se mete de todo, se emborracha, es mal hablada, es promiscua. Les
roba a sus padres, insulta a los profesores y se pega con los compañeros. Es
interesada, mezquina y egoísta. Dice que un amigo de su pandilla ha abusado de
ella. Yo la creo.
Inés es la mojigata del grupo. Da
clase de catequesis, viste como su abuela, es retraída, aburrida y
condescendiente. Trata a los chicos pobres de su clase como si estuvieran
apestados, califica de mujerzuela a cualquier chica de su edad que llegue a
casa más tarde de las once y se niega a salir en grupo con nadie que no vista
de marca. Ha denunciado a su novio de siempre por violación. Yo la creo.
Susana es la hija de la jefa. Es
una adolescente consentida, coqueta e inconsciente. Flirtea con los empleados
de su madre, miente sobre los demás sólo por placer, roba pequeñas cantidades
de la cartera de su padre. Ha denunciado que en el autobús un señor mayor le ha
metido la mano en las bragas. Yo la creo.
Pilar es la cuñada de una amiga.
Es policía nacional y vive encabronada todo el tiempo. Es borde, arisca y ruin.
Trata a su pareja con despotismo y a sus amigos con una superioridad
condescendiente. Cada año se queda más sola. Está de baja porque su jefe la
acosa en el trabajo. Yo la creo.
No, todas las mujeres violadas,
maltratadas, acosadas y abusadas no son malas ni mezquinas ni envidiosas. A mí
no me importan que lo sean y a nadie debería importarle porque no es legítimo
pedir un certificado de bondad o buen comportamiento para ser víctimas. Las
mujeres malas también son víctimas, las mujeres mezquinas también son víctimas,
las mujeres a las que no admiramos, ni queremos, ni nos caen bien, ni nos
gustan, también son víctimas. Tampoco han sido víctimas del machismo como
consecuencia de su personalidad, mal hacer o maldad. Son víctimas, simplemente,
por ser mujeres, ese es su gran delito.
Por eso, hermana, tal vez yo no
te aprecie, no me gustes, no te quiera, tal vez rechace de plano tus ideales,
tus creencias, tus principios y hasta tu estilo de vida, pero ante todo y sobre
todo eres mujer, eres víctima en potencia, quizá ya de hecho, y sólo por eso te
mereces que te crea, mereces que te apoye, mereces mi solidaridad. Hermana, yo
sí te creo.
Estos últimos tiempos hemos
asistidos esperanzadas primero, decepcionadas después, a la decisión del
Congreso argentino sobre la legalización del aborto. Omito deliberadamente los
pros y contras que se han defendido en el transcurso del debate porque son de
sobra conocidos por todas nosotras, pero no puedo dejar de pasar por alto cómo
los que se llaman pro vida, que no son sino pro patriarcado, han vuelto a sacar
a la palestra los mismos argumentos absurdos y rancios de siempre. Extrapolando
a nuestro país, España, aquellos discursos no son tan diferentes a los que
nuestra derecha demagoga, machista y neoliberal nos tiene acostumbradas y no
puedo dejar de pensar que el machismo está tan incrustado en nuestra cultura
que tenemos una suerte de ADN social o psicológico corriendo por cada una de
nuestras células y diciéndonos al oído “patriarcado, patriarcado, patriarcado”.
Por suerte las feministas somos duras de
oído.
La primera vez que me enfrenté
personalmente a este problema fue con dieciséis años, cuando una amiga de
instituto acudió a mí a pedirme dinero para hacerse un aborto. Entonces estaba
en vigor la ley de supuestos y las clínicas privadas utilizaban el resquicio
legal que les daba el “peligro psicológico de la madre”. El proceso consistía
en que un@ psicólog@ te hacía una pequeña entrevista y certificaba dicho
peligro, incluyendo así a la mujer dentro de los supuestos contemplados en la
ley para practicar legalmente el aborto. Recuerdo que le di el dinero que tenía
de mi beca sin dudarlo, sin entrar a plantearme dudas morales. Mi amiga se hizo
el aborto y nunca se arrepintió. A veces su novio de entonces y ella comentaban
sobre cómo serían las cosas si hubieran seguido con el embarazo pero lo hacían
con una suerte de añoranza, en un tono que decía “la próxima vez será”. En
contra de lo que nos pretenden hacer creer, la mayoría de las mujeres no se
arrepiente de su decisión; eso no quiere decir que sea fácil o que no cree
algún conflicto personal, pero desde luego no es un estigma insalvable que deja
a la mujer incapacitada emocionalmente. Tampoco físicamente, mi amiga como
tantas otras, acabó siendo madre sin ningún problema.
Aquella experiencia me hizo
pensar en qué hubiera pasado si mi amiga no hubiera contado con gente alrededor
dispuesta a darle el dinero que necesitaba. Y aquí radica la razón de ser de
todo: las mujeres con dinero abortan con seguridad, las que no lo tienen han de
afrontar un embarazo no deseado o someterse a condiciones de insalubridad y
peligro para sus vidas en abortos clandestinos. Defender el aborto no es
defender la irresponsabilidad sexual ni el asesinato ni la exterminación de la
familia. Defender el aborto es defender el derecho de toda mujer a su
integridad física, psicológica y sexual. Es un derecho humano. Decir que es matar
una vida es tan aleatorio como decir que el mundo se creó en siete días. Hay
pruebas científicas de sobra que avalan que no se puede considerar vida humana al embrión, si acaso un proyecto de ser humano, de modo que ¿tiene más peso el derecho a
vivir de un proyecto de ser humano que el derecho a la salud y la libertad de
un humano-mujer que sí existe? Y en cualquier caso ¿qué es la vida? Bueno,
también los virus son seres vivos y no tenemos ningún problema en matarlos con
antibióticos; los espermatozoides también están vivos y ningún pro vida
pretende que cientos de hombres vayan a la cárcel por hacerse una paja; los
óvulos están vivos y cada mes las mujeres los expulsamos de nuestro cuerpo con
nuestras menstruaciones sin ser acusadas de homicidas (aunque tiempo al
tiempo). Tampoco es admisible pedirle a una mujer que pase por un embarazo de
nueve meses para luego darlo en adopción; quienes defienden esto parecen
haberse tragado enterito el cuento del embarazo utópico, plácido y sereno que
nos venden en las películas. Un embarazo es un proceso físico y psicológico muy
duro para cualquier mujer pero especialmente para aquella que está gestando un
hijo que no desea; por no hablar del trauma personal de entregar a ese ser que,
aunque no deseado, no deja de formar parte de la mujer gestante, o del rechazo
social que pueda sufrir una mujer madre soltera, por ejemplo.
Seguro que aquí habrá algún pro
vida católico argumentando sobre el don de la vida. Yo a estos les recomendaría
que le echaran un vistazo a los escritos de San Agustín o Santo Tomás, quienes no consideraban ser humano al feto hasta que
tenía forma humana o para los cuales el aborto no era el problema que es hoy.
Yo nunca he querido tener hijos.
Siempre me postulé a favor del derecho al aborto. Sin embargo, cuando hace unos
años creí estar embarazada, no quise abortar. No es una contradicción,
simplemente fue una elección y lo fue porque YO PODÍA ELEGIR. Y es aquí el quid
de la cuestión: la libertad de elegir. Los pro aborto no obligamos a nadie a
abortar, los pro vida obligan a las mujeres a ser madres sin desearlo. Es una
cuestión de libertad y derechos humanos, pero también de salud pública y
justicia social, porque en un Estado donde se niega el derecho al aborto en
realidad se niega el derecho al aborto a las mujeres pobres porque las ricas
cogen una clínica privada o un viaje al extranjero para, como dijo alguien,
“sacarse la vergüenza del vientre”. Las mujeres ricas abortan con seguridad,
las pobres son madres o se someten a abortos insalubres que ponen en riesgo su
vida.
El derecho al aborto es un
derecho a la salud, un derecho a la integridad física, un derecho de las
mujeres sin recursos a vivir una vida digna.