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lunes, 3 de agosto de 2020

Madres mentirosas


Cada cierto tiempo suele aparecer en las redes, como una suerte de bucle en el tiempo, memes y publicaciones donde se insta a las mujeres a no mentir a los hijos sobre los padres, a no malmeterles, a tacharlas de malas madres si hablan mal del padre a los niños y niñas. Estoy segura de que entre las personas que publican estos mensajes están personas bienintencionadas que sólo pretenden salvaguardar a los pequeños de los conflictos de sus padres, pero las buenas intenciones cuando van acompañadas de ignorancia pueden ser letales.

Para empezar no debe pasarse por alto que estos mensajes suelen ir dirigidos a las madres, existiendo a priori una presunción de que somos nosotras, las mujeres, las que hacemos uso de la inquina y la maledicencia para malmeter a nuestros retoños contra sus padres. Nadie con una mínima capacidad de análisis y un intelecto medio puede pasar por alto este hecho, nadie puede con un mínimo sentido crítico dejar de sospechar que tras tan en apariencia sensato discurso, existe una clara misoginia: las mujeres somos unas mentirosas, es el pensamiento que sin lugar a dudas se esconde tras esta petición.

Las mujeres no somos santas, ni mucho menos, podemos ser mentirosas, vengativas, crueles,…, COMO CUALQUIER HOMBRE. El problema es que cuando tenemos útero estas malas artes se nos presuponen, igual que en la época de nuestros abuelos cuando en la cartilla militar se hacía constar “valor: se le supone”. Exactamente igual. Y no, por ser mujer, por tener vagina, por tener XX en mis genes no soy por naturaleza mentirosa ni cruel ni manipuladora ni nada, soy quien soy por mí misma.

Esto viene a raíz de un meme recibido hace unos días en que se interpelaba a las madres a

no hablar mal de los padres a los hijos y yo no podía sino pensar en mi propia experiencia. Cuando mi padre pegaba o vejaba a mi madre no distinguía si sus hijas estábamos o no presentes, la salvaguarda de nuestra integridad psicológica y moral era algo que ni le importaba ni probablemente sabría qué era, pero mi madre siempre pretendía salvarnos de esa experiencia, quería que no supiéramos lo que pasaba y así, tengo recuerdos varios en los que mi padre golpeaba o gritaba a mi madre en otro lado de la casa y nosotras acudíamos en su ayuda para encontrarla tirada en el suelo. Cuando tratábamos de levantarla ella siempre decía “no es nada, me he caído”. Yo no sé si soy una tía rara pero lo que sí sé es que yo vivía aquella mentira como una auténtica traición, porque aquellas palabras por muy bien intencionadas que fueran lo que hacían era poner en duda mi propia visión de las cosas, hacía tambalear mi criterio diciéndome que lo que yo veía e interpretaba era mentira, dinamitaba mi autoconfianza en la percepción de mis sentidos. Con el paso de los años se convirtió un tema recurrente con mi madre: el daño de las mentiras, las buenas intenciones que se vuelven ponzoña, las dudas que sembraban en mi mente infantil la negación de lo que yo percibía.

No es bueno ni deseable ni saludable hablar mal a los hijos del otro progenitor, sea padre o madre, pero tampoco me parece que lo sea ocultarles la verdad de lo que pasa porque con eso (y lo he visto muchas veces) lo único que se consigue es negarles a los hijos la posibilidad de defenderse de la realidad y en el tema que nos ocupa, además, idealizar la imagen de un padre en detrimento de otro sin que sea acreedor de tal privilegio.

Si además se trata de una familia donde hay violencia machista, lo siento, madres del mundo, no hay mentiras para ocultar lo que pasa, los niños y niñas no son personitas ciegas, sordas y mudas que permanezcan en el limbo a la espera de que los padres les expliquen el mundo, ellos ven, ellos escuchan, ellos sienten,…, vuestras mentiras bienintencionadas no sirven porque no olvidéis nunca que las paredes oyen. No importa lo bajito que lloréis.

 

 

Patri Arcadas

 


viernes, 24 de enero de 2020

Educando mujercitas



Siempre me he sentido inclinada a ponerme de lado de las personas más indefensas, lo que socialmente se traduce en aquellas pertenecientes a colectivos discriminados y/o fuera de la norma establecida, sea ésta la que sea. Con los años una ha ido desarrollando aún más este instinto cuando los conocimientos se amplían y empiezas a vislumbrar primero y conocer después, el modo en el que el sistema articula el poder y sitúa a unos arriba (hombres, blancos, heterosexuales, ricos, capacitados, religiosos, ajustados a los estereotipos de belleza, con estudios, humano sobre animal, etc.) y a otros abajo (los demás) y eso te hace sentir de forma aún más lacerante las injusticias que se comenten alrededor.


Es este sentido de la justicia o la empatía o la compasión, vete tú a saber, lo que me ha hecho indignarme con un vídeo que ha empezado a circular recientemente con el acoso, los insultos y los gritos recibidos por dos personas transfemeninas/mujeres trans en un bar en EE.UU. Obviamente me solidaricé con ellas porque nadie, absolutamente nadie, debe ser insultado, acosado, irrespetado o amenazado por ninguna condición personal, sea sexo, raza, orientación sexual, religión, etc., y eso obviamente incluye a las personas trans, quienes merecen todo el respeto del mundo no por ser trans, sino simplemente por ser personas. Reconozco que de forma algo malvada me sentí secretamente feliz viendo cómo se defendieron de su acosador y me hizo decirme a mí misma que ojalá hiciéramos todas los mismo para que el miedo cambiara de lado, pero este pensamiento también me llevó un poco más allá. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Será que las nacidas hembras humanas y por tanto socializadas como mujeres desde el momento que se descubre nuestro sexo, no somos capaces de defendernos físicamente? ¿Acaso va en nuestros genes la cobardía, la no violencia? ¿Por qué estas personas transfemeninas/mujeres trans sí que utilizaron sin dudar la violencia física y nosotras no somos capaces? Mi respuesta sólo es una: la socialización.


Desde el segundo uno en que venimos al mundo estamos dentro del engranaje del patriarcado que, habiéndonos asignado el género femenino, nos dice que somos débiles, sumisas e inferiores. Crecemos con la creencia de que somos incapaces de oponernos físicamente a un hombre y mucho menos imponernos, de modo que, aun siendo una realidad irrefutable que los hombres poseen como machos de la especie mayor fuerza física, altura, peso o musculatura, ni siquiera en una situación hipotética en la que nosotras tuviéramos mayor corpulencia se nos pasaría por la cabeza utilizar esta superioridad física en una confrontación, simplemente no nos lo creemos, hemos asumido nuestra debilidad.

Son infinitas las veces en que hemos estado en la misma situación que las personas del vídeo y algún hombre nos ha insultado por cualquier motivo (nuestra ropa, nuestro rechazo a sus avances románticos, nuestra sexualidad,…  cualquier excusa es buena para atacarnos). ¿En cuántas ocasiones hemos respondido o incluso enfrentado físicamente? Básicamente ninguna. No digo que no haya hermanas capaces de hacerlo y que hayan tenido la valentía y seguridad en sí mismas suficientes para haberlo llevado a cabo pero, como regla general, solemos preferir evitar esa confrontación. Aguantamos los insultos, nos enfadamos, nos desahogamos entre nosotras, quizá le digamos algo pero no demasiado agresivo, no demasiado retador, no demasiado maleducado (hasta en esto nos suele pesar la educación de niñas buenas) y rara vez por no decir nunca lo retamos físicamente o lo agredimos, antes optamos por marcharnos del lugar.

La idea de que podríamos o deberíamos hacerlo, la idea de actuar como las personas de este vídeo y hacer valer también nuestra posible violencia defensiva es seductora porque ¿quién de nosotras no ha soñado con que el miedo pase al otro bando? Pero por otro lado no puedo dejar de pensar que como feminista quiero ser mejor que los hombres, mejor que ese mundo que ellos han creado lleno de violencia y dominio.

Considero que hay valores enormemente positivos en nuestra socialización: los cuidados, la empatía, la resolución pacífica de conflictos,… el problema no está ahí sino el contexto en que estos valores se desarrollan: sumisión, aprendizaje de la indefensión, prioridad del otro sobre una misma,…, de momento sólo nos queda ir desaprendiendo y batallando contra ese contexto.

Mientras, sigo mirando ese vídeo y preguntándome si sería bueno que nosotras asumiéramos esa violencia para defendernos y me digo no, no, no,…, pero ¡Ay, Dios, de qué buena gana le metería dos hostias a más de uno¡


Patri Arcadas

jueves, 31 de octubre de 2019

Mi maltratador me ama



Hace unos días me estaba tomando un té tranquilamente en una cafetería cuando, accidentalmente, escuché a dos chicas jóvenes hablando en la mesa que tenía al lado. “Es que yo lo quiero y él me quiere. Lo sé. Me lo dice todos los días”. Comprenderéis que con semejante frase una feminista irredenta como yo no puede dejar de prestar atención. La conclusión que saqué de palabras sueltas que escuché aquí y allá es una historia ya bien conocida por cualquier de nosotras: chico celoso, posesivo, controlador, chica insegura, enamoradísima, resignada. Un día él pierde los papeles y la golpea, después vuelve llorando y pidiendo perdón clamando a los cuatro vientos cuánto la ama. Ella, como siempre, le perdona.

Por algún motivo que sólo mi mente caótica sabrá, recordé una conversación que tuve con mi padre. Sí, ése, el maltratador. Nos recuerdo en la casa del pueblo pelando tomates para hacerlos en conserva (rústica que es una, ya veis) y yo tendría unos trece o catorce años; no sé si la conversación giraría en torno al matrimonio o a las parejas o si él me veía crecer y pensaba que pronto empezaría a salir con chicos (a saber después de tantos años) pero sí que recuerdo una frase que me impactó: “a mí me gustaría para ti un hombre que te quiera tanto como yo quiero a tu madre”. Recuerdo con claridad que pensé “pues qué poco me quieres” contemplando con horror la posibilidad de tener a mi lado un hombre como él, pero después de aquello la frase ha venido a mi mente en múltiples ocasiones y he de reconocer que nunca dudé de que mi padre amaba a mi madre. Siempre creí que era así, que la amaba mal, que la hacía sufrir, que no sabía hacerla feliz, pero que sin duda y a su manera la amaba y mucho.

Ahora comprendo que los parámetros con los que medimos el amor están equivocados, siempre lo estuvieron en la medida en que los diseñaron ellos y para ellos. Un amor que supone que los hombres sólo ofrecen retazos del tiempo que les sobra, un hipotético sustento económico que todas sabemos que no siempre es tal, un amor que ignora nuestros deseos, nuestros sueños y nuestros tiempos, un amor que en realidad no es más que el espejo de sus propias y egoístas necesidades que no nos contemplan. Pero ese era y es el amor que nos venden, ese amor absorbente, exclusivo y pasional pero en el que las obligaciones, las excepciones, los perdones y la entrega siempre estuvieron desigualmente repartidas, tocándonos a nosotras la peor parte. Mi padre amaba a mi madre, sí: trabajaba para el sustento de la familia, la quería en exclusiva, la celaba, sentía temor a perderla, pretendía obligarla a que sólo tuviera ojos para él. Ese era el concepto del amor que tenía mi padre, contemplarla como una propiedad a la que nadie debía tocar. Y si él era feliz ella también debía serlo, ¿cómo iba a imaginar que mi madre tuviera necesidades y deseos propios? 

Poco a poco el feminismo va cambiando la forma en que el amor se conceptualiza, aunque aún queda un trabajo hercúleo por hacer. ¿Cómo no va a quedar con películas y novelas y música que erotizan y romantizan el acoso, los celos, la posesión, el maltrato? Pero estamos en ello. Mientras tanto seguirán existiendo hombres como mi padre, que dentro de los pobres y estrechos parámetros con los que se ha medido siempre el amor, han pensado que amaban mucho y bien. 

Qué suerte de no tener un hombre que me ame como él. Qué suerte de que quizá no me quieran tanto pero que me quieran mejor. Qué suerte haber aprendido que si es amor, no duele.

 Patri Arcadas

viernes, 27 de septiembre de 2019

L@s niñ@s no mienten


Cuando mis hermanas y yo abandonamos definitivamente el domicilio familiar, mi padre empezó a quejarse de que nunca íbamos a visitarlo ni le llamábamos ni nos preocupábamos de su salud; nuestras visitas eran pocas y cuidadosamente estudiadas para no coincidir con él. Tras el divorcio se propuso divulgar a todo aquel que quisiera escucharle que sus hijas le habíamos dado la espalda y que, aparte de malas personas, habíamos sido influenciadas por mi madre que nos había malmetido y puesto en su contra, convirtiéndola a ella en la mala malísima de nuestra relación paterno-filial.

Resulta curioso que mi padre pudiera creer que mujeres hechas y derechas como éramos ya sus hijas careciéramos de criterio para discernir qué era verdad y qué mentira de lo que, hipotéticamente, mi madre nos hubiera contado.
Parece ser que no sólo era una madre perversa, sino también una mujer de poderes sobrenaturales tan extraordinarios que era capaz de implantar en nuestra memoria recuerdos falsos ya que, según la versión de mi padre, no era cierto lo que ella nos contaba, de modo que deben de ser también falsas las imágenes de mi madre sobre un charco de sangre porque él le había roto la ceja, de mis visitas a escondidas con ella a urgencias con moratones, ojos morados, nariz rota y un largo etcétera de “casuales accidentes domésticos”, deben de ser también falsos los recuerdos de mis hermanas abrazadas en un rincón del dormitorio mientras la pequeña se orinaba encima de puro miedo o de mí arrancándome la piel de los antebrazos con las uñas castigándome por ser una cobarde y no atreverme a enfrentarlo cuando nos pegaba. Falsos, según él, falsos todos los recuerdos, malquerencias de mi madre, manipulaciones, mentiras,…, qué extraordinaria capacidad la de mi madre para insertar falsos recuerdos en nuestras mentes infantiles y en las juveniles y en las adultas…, cualquiera diría que si ella gozaba de semejante superpoder bien podría haberlo convencido para que cogiera la puerta y se marchara. Tonterías de mujer que prefería manipular a las hijas en vez de al marido, tonta más que tonta… (aclaro la nota de sarcasmo, no vaya alguien a tomarlo literalmente y me acuse de defender a un maltratador)

La cuestión es que ni ahora mis recuerdos son falsos ni lo fueron entonces, que mi madre si hizo algo fue callar y tapar, lo cual durante muchos años le eché en cara porque me decía que yo interpretaba erróneamente lo que veía, que las palabras que mi padre pronunciaba querían decir otra cosa diferente, que la bofetada era una caricia mal calculada, que el moretón una caída, que la vejación un broma… así que si hubo alguna mentira que saliera de su boca fueron las encaminadas a hacernos creer que no pasaba nada, que no era para tanto, que lo habíamos interpretado mal.

Durante mucho tiempo me culpé por no hablar. Ahora me doy cuenta de que da igual que lo hubiera hecho porque la sociedad, la justicia, el patriarcado, me hubiera silenciado. Lo veo cuando caen en mis manos publicaciones sobre el SAP, ese invento conocido como Síndrome de Alienación Parental. Para los profanos y profanas aclaro que este invento psicológico es un supuesto síndrome por el cual una niña o niño mostraría una actitud de rechazo, miedo u hostilidad hacía uno de los progenitores inducido psicológicamente por el otro. Su lógica es tan perversa que, cuanto más muestra un niño o niña su rechazo a un progenitor, más manipulación se entiende que hay por parte del otro y la receta que da es apartar de manera radical a la hija o hijo del manipulador y entregarlo a aquel contra quien se ha indispuesto. Fácil ver lo criminal de todo: cuanto más temen los hijos e hijas a sus padres maltratadores, más interpreta el SAP que son manipulados, porque ¿quién va a creer que un menor dice la verdad? ¿quién va a creer a esa niña que dice que su padre le pega?¿quién va a creer a ese niño que afirma que su padre es un  monstruo? Nadie. El sistema está perfectamente engrasado para seguir endiosando al hombre y presuponiéndolo un buen padre de familia y en igual medida que se duda de la palabra de los niños y niñas lo mismo se hace con la madre ¿cómo se atreve ella a cuestionar al padre? ¿cómo se atreve a apartarlo de él aunque sea con la excusa del maltrato? ¿no es de sobra conocido que un maltratador puede ser un buen padre? (Nuevamente, sarcasmo modo on).

Las niñas y niños no son creídos porque se invalida lo que dicen, adultocentrismo. Al padre se le presupone siempre un buen padre de familia y así lo perpetúa un sistema judicial viciado de machismo, patriarcado. Y si quieren saber por dónde viene la misoginia más brutal, les contaré un secreto: el Síndrome de Alienación Parental se llamaba originalmente SÍNDROME DE LA MADRE MALICIOSA. Ahí es ná.



Patri Arcadas

miércoles, 9 de enero de 2019

Las familias rotas



Hace ya ocho años que mis padres se divorciaron y aún hoy nos resentimos en la familia de la historia de maltrato que vivimos. Mi madre no decidió poner fin a su matrimonio sino él: había encontrado una mujer más joven a la que dominar, abusar y maltratar, pero con el aliciente de la novedad y la falta de reproches (aún). Se fue porque, cito textualmente, “eres una vieja inútil, siempre llorando, no vales ni para la cama, me deprimes”. Por supuesto en ningún momento se planteó que el motivo de su tristeza fuera él. Mi madre está mejor, mucho mejor, pero la depresión sigue siendo parte de su vida y no creo que nunca la vaya a abandonar.

En aquel momento de la historia todas las hijas habíamos abandonado el hogar familiar y nos habíamos marchado lo más lejos que pudimos. Mi hermana mayor se trasladó con su marido al País Vasco, mi hermana pequeña se quedó embarazada a los diecisiete (sospecho que de forma intencionada, aunque jamás lo dijo) y se fue a vivir con su novio y los padres de éste y yo fui la única que quise estudiar y mi padre sólo me permitió cursar un ciclo de formación profesional, por supuesto en algo femenino como la administración. En cuanto tuve mi primer empleo me fui de casa. Así las cosas, cuando mi madre se divorció no tuvo a nadie cerca porque eso es lo que hace la violencia de género: crear una terrible soledad en cada uno de los que la sufren. Y creedme, no hizo falta que mi padre se fuese para que mi madre estuviera sola, siempre lo estuvo, al igual que nosotras, porque es falsa esa idea que hace creer que las víctimas se apoyan frente al maltratador, es falsa esa idea romántica de que fortalece a la familia, que la une para afrontar los problemas, que te obliga a hacerte fuerte, a hacer piña, a sostenerse unas a otras. Es falso, todo falso, no lo creáis. La violencia de género dentro del ámbito familiar convierte a cada uno de sus miembros en una isla, en un reducto de soledad infranqueable, en átomos de miedo que vuelan solos y perdidos por el aire. Mi madre no se quedó sola porque sus hijas nos fuéramos, no se quedó sola porque mi padre se marcharse, ella siempre estuvo sola y nosotras con ella mientras vivimos en aquella casa. También después, porque la violencia de género es una hecatombe que dispersa el amor, la solidaridad, la unión,..., el maltrato rompe familias, rompe personas, a veces para siempre.

Supongo que es una idea encantadora pensar que una vez que el maltratador salió de nuestras vidas todo se arregló, volvimos a estar unidas, volvimos a recoger nuestros pedazos rotos y recomponernos, pero no es cierto. Seguimos siendo una familia rota, seguimos siendo personas rotas, llenas de rendijas por las que se fuga la esperanza, de grietas que afean nuestros gestos y de enormes vacíos que nos ahogan y nos imposibilitan comportarnos con la espontaneidad que debería ser propia de un núcleo familiar.

Seguimos luchando contra la devastación que nos dejó tantos años de violencia, seguimos luchando contra nuestros miedos más atávicos, contra nuestros lastres, contra los recuerdos que coartan nuestra vida y también y sobre todo contra el rencor, ese rencor indefinido y pegajoso que envuelve nuestras relaciones familiares culpándonos entre nosotras por no haber estado, por no haber luchado, por no habernos defendido, por mil cosas que no fueron nuestra culpa pero que nos pertenecen como si lo fuera.

Somos una familia rota, somos personas rotas. Eso es lo que hace el maltrato.

También seguimos luchando, no nos damos por vencidas, seguimos reinventándonos para lograr una victoria. Eso es lo que hace una mujer, cuatro mujeres, nosotras.


Patri Arcadas

jueves, 8 de noviembre de 2018

Creer o no creer


Ana es la vecina del quinto. Tiene setenta y seis años y es grosera, impertinente y cotilla. Llama puta a cualquier jovencita con minifalda, vota a la derecha “porque son unos señores de los de antes”, cuando se le presenta la ocasión engaña a la dependienta del supermercado que tiene un leve retraso. Es odiosa. Se ha separado de su marido porque ya no aguantaba sus malos tratos. Yo la creo.

Isabel es la compañera de trabajo. Es envidiosa, malhumorada y poco solidaria. Siempre que puede, se escaquea de poner su parte en el bote para el café de media mañana, enfrenta a los compañeros entre sí y carga a los demás con su trabajo a medias. Ha denunciado a su marido por violencia de género. Yo la creo.

Tamara es la drogadicta del instituto. Se mete de todo, se emborracha, es mal hablada, es promiscua. Les roba a sus padres, insulta a los profesores y se pega con los compañeros. Es interesada, mezquina y egoísta. Dice que un amigo de su pandilla ha abusado de ella. Yo la creo.

Inés es la mojigata del grupo. Da clase de catequesis, viste como su abuela, es retraída, aburrida y condescendiente. Trata a los chicos pobres de su clase como si estuvieran apestados, califica de mujerzuela a cualquier chica de su edad que llegue a casa más tarde de las once y se niega a salir en grupo con nadie que no vista de marca. Ha denunciado a su novio de siempre por violación. Yo la creo.

Susana es la hija de la jefa. Es una adolescente consentida, coqueta e inconsciente. Flirtea con los empleados de su madre, miente sobre los demás sólo por placer, roba pequeñas cantidades de la cartera de su padre. Ha denunciado que en el autobús un señor mayor le ha metido la mano en las bragas. Yo la creo.

Pilar es la cuñada de una amiga. Es policía nacional y vive encabronada todo el tiempo. Es borde, arisca y ruin. Trata a su pareja con despotismo y a sus amigos con una superioridad condescendiente. Cada año se queda más sola. Está de baja porque su jefe la acosa en el trabajo. Yo la creo.

No, todas las mujeres violadas, maltratadas, acosadas y abusadas no son malas ni mezquinas ni envidiosas. A mí no me importan que lo sean y a nadie debería importarle porque no es legítimo pedir un certificado de bondad o buen comportamiento para ser víctimas. Las mujeres malas también son víctimas, las mujeres mezquinas también son víctimas, las mujeres a las que no admiramos, ni queremos, ni nos caen bien, ni nos gustan, también son víctimas. Tampoco han sido víctimas del machismo como consecuencia de su personalidad, mal hacer o maldad. Son víctimas, simplemente, por ser mujeres, ese es su gran delito. 

Por eso, hermana, tal vez yo no te aprecie, no me gustes, no te quiera, tal vez rechace de plano tus ideales, tus creencias, tus principios y hasta tu estilo de vida, pero ante todo y sobre todo eres mujer, eres víctima en potencia, quizá ya de hecho, y sólo por eso te mereces que te crea, mereces que te apoye, mereces mi solidaridad. Hermana, yo sí te creo.


Patri Arcadas

viernes, 2 de noviembre de 2018

No somos dos vidas



Estos últimos tiempos hemos asistidos esperanzadas primero, decepcionadas después, a la decisión del Congreso argentino sobre la legalización del aborto. Omito deliberadamente los pros y contras que se han defendido en el transcurso del debate porque son de sobra conocidos por todas nosotras, pero no puedo dejar de pasar por alto cómo los que se llaman pro vida, que no son sino pro patriarcado, han vuelto a sacar a la palestra los mismos argumentos absurdos y rancios de siempre. Extrapolando a nuestro país, España, aquellos discursos no son tan diferentes a los que nuestra derecha demagoga, machista y neoliberal nos tiene acostumbradas y no puedo dejar de pensar que el machismo está tan incrustado en nuestra cultura que tenemos una suerte de ADN social o psicológico corriendo por cada una de nuestras células y diciéndonos al oído “patriarcado, patriarcado, patriarcado”. Por suerte las feministas somos duras de oído.

La primera vez que me enfrenté personalmente a este problema fue con dieciséis años, cuando una amiga de instituto acudió a mí a pedirme dinero para hacerse un aborto. Entonces estaba en vigor la ley de supuestos y las clínicas privadas utilizaban el resquicio legal que les daba el “peligro psicológico de la madre”. El proceso consistía en que un@ psicólog@ te hacía una pequeña entrevista y certificaba dicho peligro, incluyendo así a la mujer dentro de los supuestos contemplados en la ley para practicar legalmente el aborto. Recuerdo que le di el dinero que tenía de mi beca sin dudarlo, sin entrar a plantearme dudas morales. Mi amiga se hizo el aborto y nunca se arrepintió. A veces su novio de entonces y ella comentaban sobre cómo serían las cosas si hubieran seguido con el embarazo pero lo hacían con una suerte de añoranza, en un tono que decía “la próxima vez será”. En contra de lo que nos pretenden hacer creer, la mayoría de las mujeres no se arrepiente de su decisión; eso no quiere decir que sea fácil o que no cree algún conflicto personal, pero desde luego no es un estigma insalvable que deja a la mujer incapacitada emocionalmente. Tampoco físicamente, mi amiga como tantas otras, acabó siendo madre sin ningún problema.

Aquella experiencia me hizo pensar en qué hubiera pasado si mi amiga no hubiera contado con gente alrededor dispuesta a darle el dinero que necesitaba. Y aquí radica la razón de ser de todo: las mujeres con dinero abortan con seguridad, las que no lo tienen han de afrontar un embarazo no deseado o someterse a condiciones de insalubridad y peligro para sus vidas en abortos clandestinos. Defender el aborto no es defender la irresponsabilidad sexual ni el asesinato ni la exterminación de la familia. Defender el aborto es defender el derecho de toda mujer a su integridad física, psicológica y sexual. Es un derecho humano. Decir que es matar una vida es tan aleatorio como decir que el mundo se creó en siete días. Hay pruebas científicas de sobra que avalan que no se puede considerar vida humana al embrión, si acaso un proyecto de ser humano, de modo que ¿tiene más peso el derecho a vivir de un proyecto de ser humano que el derecho a la salud y la libertad de un humano-mujer que sí existe? Y en cualquier caso ¿qué es la vida? Bueno, también los virus son seres vivos y no tenemos ningún problema en matarlos con antibióticos; los espermatozoides también están vivos y ningún pro vida pretende que cientos de hombres vayan a la cárcel por hacerse una paja; los óvulos están vivos y cada mes las mujeres los expulsamos de nuestro cuerpo con nuestras menstruaciones sin ser acusadas de homicidas (aunque tiempo al tiempo). Tampoco es admisible pedirle a una mujer que pase por un embarazo de nueve meses para luego darlo en adopción; quienes defienden esto parecen haberse tragado enterito el cuento del embarazo utópico, plácido y sereno que nos venden en las películas. Un embarazo es un proceso físico y psicológico muy duro para cualquier mujer pero especialmente para aquella que está gestando un hijo que no desea; por no hablar del trauma personal de entregar a ese ser que, aunque no deseado, no deja de formar parte de la mujer gestante, o del rechazo social que pueda sufrir una mujer madre soltera, por ejemplo.

Seguro que aquí habrá algún pro vida católico argumentando sobre el don de la vida. Yo a estos les recomendaría que le echaran un vistazo a los escritos de San Agustín o Santo Tomás, quienes no consideraban ser humano al feto hasta que tenía forma humana o para los cuales el aborto no era el problema que es hoy.


Yo nunca he querido tener hijos. Siempre me postulé a favor del derecho al aborto. Sin embargo, cuando hace unos años creí estar embarazada, no quise abortar. No es una contradicción, simplemente fue una elección y lo fue porque YO PODÍA ELEGIR. Y es aquí el quid de la cuestión: la libertad de elegir. Los pro aborto no obligamos a nadie a abortar, los pro vida obligan a las mujeres a ser madres sin desearlo. Es una cuestión de libertad y derechos humanos, pero también de salud pública y justicia social, porque en un Estado donde se niega el derecho al aborto en realidad se niega el derecho al aborto a las mujeres pobres porque las ricas cogen una clínica privada o un viaje al extranjero para, como dijo alguien, “sacarse la vergüenza del vientre”. Las mujeres ricas abortan con seguridad, las pobres son madres o se someten a abortos insalubres que ponen en riesgo su vida.

El derecho al aborto es un derecho a la salud, un derecho a la integridad física, un derecho de las mujeres sin recursos a vivir una vida digna.






Patri Arcadas