lunes, 6 de mayo de 2019

Por qué sí me importa tu sexo



Ayer estuve visionando una conferencia en el que una joven explicaba que, por no ajustarse a los estereotipos de género que se esperan de ella como mujer (ropa, maquillaje, físico, etc.,), se encontraba en situaciones sumamente desagradables y a veces abiertamente discriminatorias. Se me quedó especialmente grabado el relato en el que afirmaba sentirse incómoda en los baños de mujeres, ya que muchas de ellas se quejaban por su presencia. En general se preguntaba por qué le importaba tanto a nadie cuál era su sexo, cuál su aspecto, por qué era tan importante para la sociedad ubicarla en una categoría binaria (hombre-mujer) a costa de que ella tuviera que sacrificar cómo expresarse, cómo ser, cómo sentirse, o por el contrario encontrarse en situaciones ofensivas para ella.

En principio no puedo estar más de acuerdo con su planteamiento. Como feminista abomino de los estereotipos de género y defiendo la plena libertad para desarrollarse como una/o desee y le parezca. Estos principios alcanzan a cualquier persona: hombre, mujer, con capacidades diversas, LGTBI,…, nadie sobra, ningún cuerpo es incorrecto, ningún deseo es censurable. Ahora bien, mi feminismo no debe quedarse sólo en los planteamientos conceptuales y utópicos, hay una realidad ahí fuera a la que enfrentarse y esa realidad es que si cualquiera de nosotras, mujeres, entramos en un baño ocupado por lo que nos parece un señor, sabemos que las probabilidades estadísticas de que se nos acose, viole, veje, insulte o agreda tienden a ser de altas a muy altas, así que lo siento, pequeña, sí que nos importa ubicarte en una de estas categorías: hombre o no-hombre. Si tu aspecto es de no-hombre, créeme, nos importa bien poco. No es que yo esté de acuerdo en que la sociedad sea así pero lo es y si tú, con aspecto andrógino o abiertamente masculino, me induces a la creencia de que eres un hombre me importa mucho saber a qué categoría perteneces, porque si eres un hombre estoy en peligro como mujer. Me parece que esta joven centraba su discurso en plantear lo que le pasaba como exclusivamente un deseo o necesidad de la sociedad de clasificarnos y, aunque estoy de acuerdo en que eso sucede, la realidad femenina va más allá: las mujeres, simplemente, buscamos estar a salvo. 

Curiosamente no menciona en ningún momento cómo se sentían los hombres con respecto a ella y su aspecto, como si con ellos no fuera la cosa o no la hubieran interpelado por su aspecto o les diera igual, tal vez porque exactamente es así, a ellos les da igual, no se sienten amenazados. Se me ocurre que si yo fuera ella tendría cuidado con estos hombres a los que no cuestiona en su vídeo, no fuera a suceder que algún grupito de machotes decidieran “enseñarla” a ser mujer. No sería la primera vez que pasase, por desgracia.

No me alegra escribir esto porque, como he dicho, abomino de los estereotipos de género. Cada cual debería poder expresarse como quisiera y me encantaría que esta joven pudiera desarrollarse en su vida diaria con plenitud, en libertad y sin discriminación, pero la sociedad está configurada hoy en día como un peligro para nosotras y no podemos censurar a las mujeres por tener miedo, por desear estar seguras. ¿Cómo se conjuga el derecho a la libertad de esta muchacha y otras como ella con el derecho a la seguridad de las mujeres como colectivo? Creando un mundo más seguro para nosotras, más igualitario, libre de patriarcado, libre de estereotipos, libre de géneros. Hasta ese lejano, lejanísimo momento en que esto se consiga, nos encontraremos en situaciones en que el derecho de unas personas por expresarse libremente y no ser discriminadas chocará con el derecho de las mujeres a estar seguras y no es justo juzgar a éstas por rechazar o desconfiar o defender un espacio propio de quienes "parecen" hombres. 

Por desgracia la vida nos va en ello.


Patri Arcadas

miércoles, 24 de abril de 2019

Votando feminismo



No voy a aportar nada nuevo en estos días pre electorales. Decir que es urgente que las mujeres salgamos en masa a votar no es más que una reiteración. El problema de todo esto es que no dejamos de predicar entre conversos, es decir, hablamos por y para personas que ya están convencidas de lo que les contamos, así pues ¿cómo llegar ante las indecisas, las equivocadas, las mal informadas? Y sí, lo sé, se me puede acusar de prepotente y arrogante por suponer que quien no comulga con mis ideas está equivocada o mal informada pero ¿de qué otra manera podría ser si alguien vota a quienes pretenden hacernos viajar al siglo pasado?

Reconozco que me resulta imposible de entender a las personas y especialmente a las mujeres que votan a partidos que defienden el adelgazamiento de lo público y por tanto van en contra de nuestros intereses como colectivo, como si no supiéramos por experiencia propia o por ejemplo ajeno o por simple aprendizaje histórico, que lo público no es sino una inversión para la sociedad en general y para las clases menos privilegiadas en particular. Que alguien de clase baja o media o colectivos vulnerables vote a las derechas me resulta un ejercicio de incongruencia totalmente imposible de practicar. Ya lo decía mi abuelo: “no hay nada más tonto que un pobre de derechas”. ¿Qué nos ha pasado para que se nos olviden las diferencias de clase? ¿acaso hemos comprado el discurso neoliberal? ¿acaso no queremos reconocernos como “simples curritos” y aspiramos de esa forma patética y pretenciosa a ser unas “clases medias” que no somos? Y en cuanto a las mujeres ¿cómo se puede defender a quienes pretenden imponernos unas maternidades no deseadas? ¿a quienes defienden unas religiones que nos degradan a las categorías de animales o al de infantes poco desarrollados intelectualmente? ¿cómo se puede votar a quienes niegan la violencia de género, las violaciones, el acoso, la brecha salarial, la discriminación de género,…?

Todo esto es lo que nos jugamos en próximo 28 de abril. Lo que me parece más triste es que cuando yo coja mi voto el domingo no lo haré pensando en qué partido defiende mejor mis intereses, quién se pone de mi parte como mujer y como ciudadana de clase no privilegiada, ni quién tiene más que aportarme. Lo que pensaré es quién de todos ellos tiene pensado quitarme menos. Estas elecciones más que ningunas no son electivas, SON DEFENSIVAS.



Patri Arcadas

miércoles, 20 de marzo de 2019

¿Cómo voy a ser machista si tengo una hija?



Con el 8 de marzo reciente en la memoria la mayoría de los machos y de sus aliadas se han percatado de que el feminismo no está resultando un movimiento fácil de domesticar y, lo que es peor, estas personas se sienten incómodas si un dedo acusador les señala como abiertamente machistas. Lo de definirse como “no feministas” aún resulta rentable en ciertos círculos y ante cierta ignorancia, no siempre maliciosa sino tan sólo desinformada, que ha comprado la idea misógina de que el feminismo es lo contrario del machismo, cuando hasta un organismo tan poco sospechoso de feminista como es la Real Academia de la Lengua Española lo define como un movimiento que defiende la igualdad. En cualquier caso lo que desde luego resulta inadmisible incluso para estos grupos sexistas y misóginos es que se les ponga el adjetivo de “machista”. Y es que aunque en su fuero interno lo sean, lo sepan y lo reconozcan (o no), el feminismo ha conseguido que este calificativo pase de ser puramente descriptivo a abiertamente despectivo y claro, nadie está dispuesto a que le insulten ni a insultarse a sí mismo, así que nos encontramos con personas, mayormente hombres, que niegan enfáticamente ser machistas. Sí, por supuesto, pero…

Uno de los argumentos que siempre he encontrado de lo más peregrino y que últimamente he escuchado con cierta frecuencia gracias al adalid de la España racial, cañí, conquistadora, torera y cazadora que me niego a nombrar para no darle más protagonismo del que ya de por sí le dan los medios de comunicación y, por desgracia, nosotras mismas al tener que defendernos de su barbarie, es la frasecita de “¿cómo voy yo a ser machista si tengo una hija?”. YYYYYY PREMIO A LA ESTUPIDEZ DEL AÑO. Este artículo no va sobre cómo la educación que recibimos de nuestros padres y madres y la que damos a nuestras hijas e hijos es machista porque la sociedad en la que vivimos lo es y cómo con un tremendo esfuerzo de deconstrucción conseguimos moldear y cambiar y no transmitir ese legado, no voy a hablar de patriarcado, cultura misógina y de violación, no voy a hablar de perpetuación de roles y estereotipos a través de la familia, no,… voy a hablar de un simple ejercicio de lógica y sensatez básicos. A ver, alma de cántaro, ¿me estás diciendo que el hecho de tener una hija, de quererla (supongo), de desear lo mejor para ella (según el imaginario social de tu entorno) y de pretender protegerla (de otros hombres mayormente, también supongo) te convierte automáticamente en no-machista? ¿de verdaaaaad? Veamos, amigo mío, desde hace siglos las mujeres existen, vete tú a saber cómo nos íbamos a perpetuar como especie si no fuera así, de modo que desde hace siglos los hombres tienen hijas. Siguiendo la lógica del cómo-voy-a-ser-yo-machista-si-tengo-una-hija el machismo no ha existido nunca. Como sabemos que no es así se abren dos posibilidades que permiten coexistir las dos realidades (los hombres que tienen hijas no son machistas y el machismo existe) y son que:

1º.- Las mujeres desde el principio de los tiempos crecemos como setas en el campo, nos reproducimos por partenogénesis de nuestras progenitoras o aparecemos por generación espontánea. Yo me inclino por las setas, lo encuentro de lo más bucólico.


2º.- El machismo no lo enseñan ni lo aplican los hombres. Ergo….¿son las madres las que lo han creado y transmitido? ¡Ay, Dios, que les estoy dando ideas!

Supongo que el argumento de que son las madres las que transmiten el machismo no es nueva, de hecho resulta de lo más tentador para la caterva machista quitarse de encima el peso del dedo acusador y desviarlo hacia nosotras, otra vez ¿cómo no?, para hacernos culpables de lo que nos pasa. Pero a estas alturas el feminismo ya se lo ha currado lo suficiente para que la mayoría de nosotras no compremos tal mentira. De modo que nos sigue tocando aguantar las excusas de salón, los argumentos para idiotas, las poses del homo misóginus de escasa capacidad craneal.

Así que, ¡hala, chicas!, a abonar y regar el campo, que cuantos más setas (perdón, mujeres), más compañeras en la lucha.





Patri Arcadas

lunes, 11 de febrero de 2019

Nunca es buen momento para el feminismo




Recientemente compartí en mis redes sociales un artículo que me pareció interesante sobre el pretendido feminismo de Maduro. Me encontré con las reacciones de algunas mujeres que entendieron que era un ataque al gobierno de este mandatario y se ponían en duda mis ideas de izquierdas por compartirlo. Al margen de mi posición personal que dejé clara en mis contestaciones a estas personas, las críticas me hicieron pensar bastante en esa actitud de la que históricamente ha adolecido el feminismo en general y las mujeres en particular: dejar en segundo lugar nuestras necesidades y derechos para convertirnos en defensoras de otras causas que, en un momento concreto, parecen siempre más urgentes e importantes que la nuestra.

En este caso hablar del machismo de Nicolás Maduro se ha interpretado como un ataque hacia él y la legitimidad de su gobierno y no como lo que pretendía ser: una negativa a que se use el feminismo como herramienta de lavado de cara. El gobierno de Maduro es machista. Como todos. Que el gobierno venezolano defienda legítimamente su integridad frente al colonialismo del capital representado por EE.UU. y Europa no lo convierte en feminista, que el gobierno venezolano se proclame socialista no lo convierte en feminista, que el gobierno venezolano se considere revolucionario no le convierte en feminista, que el gobierno venezolano se defina como de izquierdas no lo convierte en feminista. Por desgracia el machismo es trasversal, es patrimonio de todas las sociedades, grupos, etnias, países, ideologías, religiones,…, como alguien dijo sabiamente: “nadie se parece tanto a un machista de derechas como un machista de izquierdas”, lo cual no deja de ser una enorme desgracia porque las mujeres encontramos al enemigo en todas partes; no hay lugar físico, emocional, psicológico o intelectual al que huir para sentirnos seguras. Pero decirlo y criticarlo en ese sentido se ha interpretado como “hacerle el juego a la derecha” y atacar al pueblo venezolano, por lo que deduzco que según estas personas éste no es el momento de sacar el tema. ¿Tienen razón? ¿Tal vez ésta no era la ocasión idónea para sacar esta crítica porque eso debilita la posición de un gobierno tan duramente atacado? ¿Debemos callar lo que le ocurre a las venezolanas hasta un momento más propicio y dejar que el presidente Maduro siga presumiendo de feminista? No lo sé, ciertamente no solo sé. Como feminista siempre me hago mil preguntas, me cuestiono a mí misma un millón de veces. Quizá me equivoqué en el momento, quizá no. Si fuera así pido disculpas, pero no puedo dejar de escuchar cómo chirría en mi cabeza esa idea machacona de “nunca es buen momento para nosotras”.

Echo la vista atrás y observo el camino transitado por el feminismo, lo cual me lleva a las mujeres que durante la guerra civil española defendieron los ideales democráticos y dejaron aparcadas sus propias batallas porque era más urgente defenderse del golpe de Estado, me lleva a las mujeres rusas a principios del siglo XX renunciando a sus propias necesidades para servir a la revolución, cuyo triunfo era lo más importante en aquel momento, me lleva a las mujeres apoyando la causa gay mientras ahora muchos de ellos nos apuñalan por la espalda mercantilizando nuestros cuerpos y haciéndole el juego al capitalismo,…, las mujeres hemos aprendido a ser las últimas, a priorizar al otro, a dejar de atender nuestras necesidades para dar mayor importancia a las de los demás,…, y seguimos haciéndolo incluso cuando se trata de lucha política. ¿Podría ser este otro caso más? ¿Podría suceder que nuevamente debemos callar lo que le pasa a las mujeres y a sus derechos fundamentales porque ahora es más importante no debilitar a un gobierno que está siendo atacado de manera tan gravosa? ¿Debemos callar cuando se afirma que la revolución venezolana es feminista porque refutar esta afirmación es contraproducente en este momento? No tengo respuestas, de verdad que no, sólo muchas preguntas, pero callar, otra vez callar porque nuevamente hay cosas más importantes, me sigue volando la cabeza.


Patri Arcadas

viernes, 1 de febrero de 2019

Nosotras que no fuimos madres




Que nuestra capacidad reproductiva es la base sobre la que se sustenta la dominación ejercida por el patriarcado sobre las mujeres, es indudable. En estos tiempos y en nuestro contexto social y cultural (2019, España, Europa, “primer mundo”) resultan inconcebibles realidades que se viven en otros lugares del mundo o en otros tiempos, tales como que sea el marido quien decida cuántos hijos se tienen, que tengan capacidad legal y moral de negar métodos anticonceptivos o de planificación familiar a la mujer, que el hombre pueda asegurar su prole con los mandatos de la monogamia y la fidelidad femenina, etc. El feminismo ha conseguido arrancar al patriarcado avances tales como la igualdad legal en el matrimonio, el acceso a anticonceptivos, la libre sexualidad, el aborto y un largo número de logros, pero como bien sabemos nuestro archienemigo sabe reinventarse y no da ninguna batalla por perdida, de modo que la presión social que lleva aparejada la MATERNIDAD, así con mayúsculas, se multiplica de mil maneras diferentes ahora que no se plantea como un futuro ineludible para las mujeres.

Desde bien pequeñitas las niñas han de escuchar cómo el mejor piropo que le brindan es “guapa”, juegan a las mamás y a las cocinitas, se les enseña a ser empáticas, consideradas y “buenas” y desde que empiezan a adentrarse en la pre pubertad han de escuchar esa cantinela de “¿no tienes novio?”. Las mujeres crecemos con la lección constante de que estamos destinadas a ser madres y que ese destino es nuestra jugada de éxito garantizado para la felicidad. Después entras en los quince, en los veinte, en los veinticinco y sigues guerreando con ese deseo casi obsesivo que tiene todo el mundo a tu alrededor de emparejarte, acompañada de la preceptiva cara de compasión cuando la respuesta es no. De repente entras en la élite: ¡Vive Dios, has encontrado novio¡ y más increíble aún ¡es un tío estupendo con el que merece la pena compartir tu vida¡ Pero, ¡Oh, mujer maldita y pervertida¡ resulta que has decidido no ser madre. Por supuesto la culpa es tuya, probablemente no puedas tener hijos o tu pareja lo desee pero tú le has impuesto su decisión (spoiler: experiencia propia) y durante un larguíiiiisimo espacio de tiempo soportas la preguntita de ¿para cuándo los niños? Me han respondido mil cosas a mi negativa y a mi franca declaración de que los niños no me gustan más que si son de los demás y para un ratito: desde que son excusas y lo que me pasa es que no puedo (por supuesto a la fertilidad de mi pareja nadie le pone dudas, debo de ser yo) a que cambiaré de opinión cuando el reloj biológico empiece a sonar (mi reloj debe ser de arena porque no hace ni pizquita de ruido) que con los hijos propios es diferente y la mejor de todas, la top ten de todas las respuestas: QUÉ EGOÍSTA, ASÍ NO TE PREOCUPAS MÁS QUE DE TI. Reconozco que este último razonamiento me causaba bastante ira, después confusión, ahora simplemente me resulta de lo más pueril. Pero no está de más hacer un ejercicio de responsabilidad con una misma y defenderse de los ataques gratuitos de los demás, algo que aconsejo pues puedo asegurar que cuando lo he hecho no he vuelto a recibir más juicios por parte de la persona a quien he contestado:

“¿Egoísta? ¿Qué hay de generoso en traer un hijo al mundo? Cuando traes un bebé no sabes qué vida le tocará. No puedes asegurarle que estará sano, no puedes asegurarle que tendrá buenos amigos que no lo traicionarán, no puedes asegurarle que será amado y bien tratado por su pareja, no puedes asegurarle que tendrá una buena vida, que conocerá a gente que le ame y le respete, no puedes asegurarle absolutamente nada de eso. De lo único que puedes estar seguro es de que sufrirá, llorará por amigos que le den la espaldas, por parejas que lo traten mal o lo abandonen, que deberá luchar por un puesto de trabajo decente que quizá no consiga nunca, que sufrirá por todo aquello intrínseco a la experiencia humana, llorará. ¿Y tú eres generoso sabiendo eso? Tú no traes a tu hijo por generosidad, sino por egoísmo, porque A TI TE HACE FELIZ. Dime, si te pudieran asegurar que tuvieras un hijo absolutamente feliz pero con una discapacidad ¿lo tendrías? Probablemente hay gente que sí, estoy segura que la mayoría diría que no. Porque en realidad estás trayendo un niño a la vida para ser feliz tú y solamente tú. Así que no me hables de generosidad y desde luego no te atrevas a tacharme de egoísta porque yo sí he pensado en todo eso, sí he reflexionado sobre lo que tengo que ofrecer a ese niño y, generosamente, he decidido que no podré ofrecerle lo que se merece. Las razones son mías, no te pertenecen, pero tampoco son tuyas ni tienes derecho a juzgarme”

No soy madre, no me arrepiento, sé que no lo haré nunca, y por ello no soy menos feliz, de hecho cuando miro a mi alrededor estoy cada vez más conforme con mi decisión. Mi reloj biológico no sonó nunca y, creedme, el vuestro no tiene por qué sonar. Si lo hace, obrad como consideréis pero nunca bajo la presión de un patriarcado que nos quiere calladas, sumisas y derrotadas.


Patri Arcadas



miércoles, 9 de enero de 2019

Las familias rotas



Hace ya ocho años que mis padres se divorciaron y aún hoy nos resentimos en la familia de la historia de maltrato que vivimos. Mi madre no decidió poner fin a su matrimonio sino él: había encontrado una mujer más joven a la que dominar, abusar y maltratar, pero con el aliciente de la novedad y la falta de reproches (aún). Se fue porque, cito textualmente, “eres una vieja inútil, siempre llorando, no vales ni para la cama, me deprimes”. Por supuesto en ningún momento se planteó que el motivo de su tristeza fuera él. Mi madre está mejor, mucho mejor, pero la depresión sigue siendo parte de su vida y no creo que nunca la vaya a abandonar.

En aquel momento de la historia todas las hijas habíamos abandonado el hogar familiar y nos habíamos marchado lo más lejos que pudimos. Mi hermana mayor se trasladó con su marido al País Vasco, mi hermana pequeña se quedó embarazada a los diecisiete (sospecho que de forma intencionada, aunque jamás lo dijo) y se fue a vivir con su novio y los padres de éste y yo fui la única que quise estudiar y mi padre sólo me permitió cursar un ciclo de formación profesional, por supuesto en algo femenino como la administración. En cuanto tuve mi primer empleo me fui de casa. Así las cosas, cuando mi madre se divorció no tuvo a nadie cerca porque eso es lo que hace la violencia de género: crear una terrible soledad en cada uno de los que la sufren. Y creedme, no hizo falta que mi padre se fuese para que mi madre estuviera sola, siempre lo estuvo, al igual que nosotras, porque es falsa esa idea que hace creer que las víctimas se apoyan frente al maltratador, es falsa esa idea romántica de que fortalece a la familia, que la une para afrontar los problemas, que te obliga a hacerte fuerte, a hacer piña, a sostenerse unas a otras. Es falso, todo falso, no lo creáis. La violencia de género dentro del ámbito familiar convierte a cada uno de sus miembros en una isla, en un reducto de soledad infranqueable, en átomos de miedo que vuelan solos y perdidos por el aire. Mi madre no se quedó sola porque sus hijas nos fuéramos, no se quedó sola porque mi padre se marcharse, ella siempre estuvo sola y nosotras con ella mientras vivimos en aquella casa. También después, porque la violencia de género es una hecatombe que dispersa el amor, la solidaridad, la unión,..., el maltrato rompe familias, rompe personas, a veces para siempre.

Supongo que es una idea encantadora pensar que una vez que el maltratador salió de nuestras vidas todo se arregló, volvimos a estar unidas, volvimos a recoger nuestros pedazos rotos y recomponernos, pero no es cierto. Seguimos siendo una familia rota, seguimos siendo personas rotas, llenas de rendijas por las que se fuga la esperanza, de grietas que afean nuestros gestos y de enormes vacíos que nos ahogan y nos imposibilitan comportarnos con la espontaneidad que debería ser propia de un núcleo familiar.

Seguimos luchando contra la devastación que nos dejó tantos años de violencia, seguimos luchando contra nuestros miedos más atávicos, contra nuestros lastres, contra los recuerdos que coartan nuestra vida y también y sobre todo contra el rencor, ese rencor indefinido y pegajoso que envuelve nuestras relaciones familiares culpándonos entre nosotras por no haber estado, por no haber luchado, por no habernos defendido, por mil cosas que no fueron nuestra culpa pero que nos pertenecen como si lo fuera.

Somos una familia rota, somos personas rotas. Eso es lo que hace el maltrato.

También seguimos luchando, no nos damos por vencidas, seguimos reinventándonos para lograr una victoria. Eso es lo que hace una mujer, cuatro mujeres, nosotras.


Patri Arcadas

jueves, 20 de diciembre de 2018

Nosotras, las machistas




Mi hermana vive en Bilbao. Se marchó allí cuando se casó porque mi cuñado es vasco y tiene su trabajo en esta ciudad. Él podría haber pedido el traslado, podría haber buscado trabajo donde ella vivía, podría haber hecho muchas cosas que no hizo. Quien sí lo hizo fue mi hermana: cogió sus maletas, pidió el finiquito en la tienda donde trabajaba y dijo adiós a la familia. Ella es feminista pero su forma de actuar no lo fue. Hizo lo que tantas otras hicieron (hicimos) antes: sacrificar nuestras vidas por nuestras parejas, adaptarnos a sus objetivos, necesidades o aspiraciones, aparcar nuestros sueños a la espera de nuestro momento que es, indefectiblemente, cuando ellos consiguen lo que desean. Y lo hacemos convencidas, con gusto, alegremente. La mayor perversión que el patriarcado comete sobre las mujeres es el de hacerles creer que están a gusto donde están, que son lo que son por convicción propia, vendiendo el sueño de la libre elección. Que esta libertad coincida con los deseos del patriarcado es sólo pura casualidad, ¿verdad?

Volviendo a mi hermana. El otro día me comentaba que había acudido con su suegra a unos talleres sobre violencia de género que impartía el Instituto de la Mujer Vasco con motivo del 25 de Noviembre. Tras las exposiciones una de las monitoras preguntó a las asistentes qué harían si una persona de su familia estuviera en esta situación. Sin excepción todas se situaron al lado de la víctima aconsejando que denunciara, que dejara al maltratador… Imagino a la monitora mirándolas expectante, aguardando el momento del apoteosis: “eso está muy bien, pero todas habéis dado por sentado que hablo de la víctima, ¿qué pasa si el maltratador es vuestro hijo, vuestro hermano, vuestro amigo, vuestro primo? ¿Qué hacéis entonces?” Mi hermana me contó que algunas mujeres mantuvieron su postura de rechazo, la mayoría simplemente calló. Un par de ellas murmuró por lo bajo “es diferente”. ¿Lo es? Objetivamente no: violencia de género es violencia de género independientemente de lo buen muchacho que nos pueda parecer el maltratador, de lo trabajador que sea, de lo mucho que ayudaba en casa, de que no era violento, de que era muy educado, muy buen hijo,… Subjetivamente es diferente: no estamos preparadas para asumir que los hombres a los que queremos (maridos, padres, hermanos, hijos, nietos) puedan ser unos maltratadores. Es aquí donde los excusamos, donde negamos la realidad, donde no asumimos que vivimos en una sociedad misógina que conforma la educación de esos hombres amados que, cuando nos miran bajo la luz de una relación desigual en la que faltan buenas dosis de empatía, cariño o respeto, se convierten en depredadores cuyo único objetivo es cazar y matar física, psicológica o sexualmente. Y esto no es sino producto de la educación sexista que recibimos, nosotras las primeras.

Como feminista convencida lo primero que debo asumir es que he sido educada para ser machista y que probablemente lo voy a ser inconscientemente en muchas ocasiones hasta el día en que me muera. La fortaleza de mi feminismo militante consistirá en cuántos prejuicios sexistas soy capaz de derribar dentro de mí misma, cuántas concesiones podré evitar realizar para no vivir de espaldas al mundo, cuántas murallas habré sido capaz de arañar en mi convicción de no plegarme a este sistema genocida que nos asesina y cuánta sororidad, compañerismo y empatía seré capaz de prodigar a mis hermanas. Porque el feminismo no es mi lucha personal de la que salgo ganadora como individuo, es la de todas, es una lucha social en la que todas las mujeres salimos ganando. Si no es así no es feminismo, no mi feminismo. Y no merece la pena.

Sólo así podremos superar a madres defendiendo a sus hijos maltratadores, a novias defendiendo a sus parejas acusadas e incluso condenadas por violación, a abuelas, tías, amigas, vecinas, poniendo en duda la palabra de tantas mujeres que se atrevieron a acusarles de maltratadores, abusadores, violadores, acosadores,…, porque no es gratis, porque no mienten, porque no acusan en falso, porque no y no y no.

He sido educada para ser machista, he optado por ser feminista. Mis incongruencias no me definen, mis incoherencias no me desautorizan, mi lucha interna no me incapacita. Soy lo que he elegido ser: una feminista, mejor persona.



Patri Arcadas

jueves, 13 de diciembre de 2018

Las mujeres y la buena educación




Esta mañana he tenido que ir al pueblo de mi madre para hacer unas gestiones en el ayuntamiento. He aparcado el coche a dos calles y me he desplazado andando hasta el viejo edificio. Por el camino me he encontrado a un señor mayor (rondaría los setenta y cinco) sentado en el escalón de entrada de una de las casas que se encontraban de camino.

Conforme me acercaba, él me observaba atentamente y yo, ingenua de mí, buscaba en mi memoria la posibilidad de conocerlo de los veranos que pasábamos mis hermanas y yo en el pueblo. Cuando estaba a apenas dos pasos ha empezado a hacer ruidos extraños. He intentado no prestarle atención pero finalmente no he podido sino reconocer que esos ruidos estaban dirigidos a mí: ruidos de pastor arreando ovejas, de chisteo, de gemido gutural. Me estaba tratando como un animal de ganado, ya sabéis el chiste: “ya que no puedo montarla, la arreo”. He pasado de largo tratando de no sentirme intimidada y no, no me sentía intimidada. Lo reconozco, lo primero que he pensado es que el viejo no tenía ni dos hostias (ventajas de ser una mujer grande). Lo que me he sentido es insultada, vejada y llena de ira e impotencia. He llegado al ayuntamiento, he realizado mis gestiones y he vuelto al coche. En el mismo lugar permanecía el “señor” aspirante a pastor ovejero. Volvía a mirarme y yo he pensado “no se atreverá”. ¿Adivináis? Sí, se ha atrevido. En cuanto ha abierto sus labios y el primer chiflido ha salido de su boca me he parado en seco, lo he mirado desde mi altura (recordad que estaba sentado en el escalón de una casa) y le he soltado con el peor tono que tenía “¿qué pasa?”. Se ve que el señor no estaba muy acostumbrado a que nadie y menos una mujer, cuestionase su actuar machuno, así que os puedo jurar que se le han descompuesto las arrugas de la cara. “No, nada” me dice muy bajito y yo, que tengo un humor últimamente que no me aguanto ni los chistes que me sé, le he soltado muy agresivamente “usted se dirige a mí con educación y respeto”. Lo sé, chicas, el “usted” le venía grande pero me sentía magnánima ante el macho ibérico decadente. No he esperado que me dijera nada aunque me ha parecido escuchar un adiós bajito y casi temeroso. Sí que estoy segura de haber oído a una vecina reírse y a otras dos, de edad semejante al señor, comentar que qué poca vergüenza, hablar así a un hombre mayor.


Vergüenza, educación, saber estar,…, en resumen: calladita estás más guapa. A las mujeres nos educan para ser buenas, tener pudor, no dar la nota, no destacar. Lo llaman educación, yo lo llamo sumisión. Porque mientras callamos porque así somos más guapas y mejores y más dignas, ellos te insultan, te vejan, te humillan, te ningunean,…, y nosotras callamos porque no nos han enseñado otra cosa. Y es difícil desaprender, yo lo sé, otro día en que mi ánimo hubiera sido más tranquilo o más triste o más apático, habría pasado por alto ese comportamiento y me hubiera encogido de hombros pensando que era mejor reservar mis energías para otra batalla más importante que la de corregir a un viejo verde. Y hubiera reaccionado así porque soy educada, porque sé estar, porque es un señor mayor y a los señores mayores se les respeta. Son esas lecciones perversas de la educación las que nos llevan a callar cuando alguien nos mete mano en el autobús, cuando nos sentimos incómodas en una cita, cuando nos desagrada cómo nos mira el compañero de trabajo, cuando sentimos tensión al quedarnos a solas con el jefe en su despacho,…, y callamos porque ¿cómo vamos a consentir que alguien nos acuse de ser unas maleducadas? Lo reconozco, la jugada le sale redonda al patriarcado.

Es curioso que a ellos nadie les pida buena educación, que si nos chistean, acosan, insultan, vejan, gastan bromas a costa de nuestro miedo o nuestra incomodidad nadie les acuse de groseros y maleducados y si alguien se atreve a pronunciar unas palabras, ya sabéis, que “no aguantáis ná”. Pues no, señores, no aguantamos, no tenemos por qué. Y yo, como mujer educada en una sociedad machista, tengo que desaprender mis buenos modales y aprender a defender mis derechos y si a ti, hombre, eso te incomoda, te molesta, te preocupa porque los buenos modales se están perdiendo, QUE TE JODAN.


Patri Arcadas