viernes, 5 de junio de 2020

Hasta el COVID de la nueva normalidad




Los últimos meses han sido un reto para todas y todos como seres particulares y, muy especialmente, como sociedad. Como siempre que sucede algo extraordinario ya sea de forma personal o colectivamente, una vez se empieza a recobrar cierto equilibrio tras el impacto inicial, tendemos a hacer balance sobre las experiencias vividas y extraer las lecciones aprendidas.

Lo primero que debo reconocer es que mi vida durante el confinamiento ha sido infinitamente mejor de lo que es normalmente y es que debo decir que soy de las afortunadas que han podido permitirse teletrabajar, seguir cobrando su sueldo, tener las necesidades básicas cubiertas, disponer de Internet para disfrutar de ocio y compartir su vida con una persona a la que amo y respeto profundamente. Bien es cierto que he echado de menos un poco de vida social, que a veces he deseado ver a amigas y a mi madre, aunque no demasiado a la vista de la relación tan complicada que mantengo con ella y que al resto de mi familia, hermanas y sobrinas, las quiero pero suelo verlas dos o tres veces al año por lo que la pandemia no ha supuesto gran diferencia, de modo que, en definitiva, lo que he echado de menos ha sido poco en comparación con lo que he ganado y que básicamente resumiría en esto: he dejado de ver a gente. Clientes, compañeros, jefes, conocidos con las que tienes que alternar cuando sales a tomar un café, cuando sales de fiesta, cuando vas a comprar,…, gente, gente, gente,… 

Y es que desde hace unos años tengo un problema que reconozco sin rubor: SOY UNA MISÁNTROPA. Esta pandemia no me lo ha mostrado, ya lo sabía, pero sí me lo ha confirmado. Durante estos casi tres meses en que mi contacto personal y social se ha reducido a mi pareja y algunas llamadas telefónicas, he sido declaradamente feliz.

Feliz de no soportar personas que le bailan el agua a esta sociedad hipócrita, narcisista, egoísta y profundamente individualista, ajena al dolor del otro, a la empatía, a la solidaridad, personas incapaces de mirar a los ojos de otro ser vivo (humano o no) y reconocerse en ellos.

Feliz de asomarme al balcón y ver las bandadas de pájaros recorrer el cielo, posarse con tranquilidad en las cornisas de las ventanas, escuchar cómo sus gorjeos de repente eran más potentes, más alegres, más despreocupados,…, feliz de conducir por calles desiertas desprovistas de seres perdidos, egoístas e indiferentes,…, feliz contemplando calles limpias de basura, bolsas y desperdicios,…, feliz de ver en los medios de comunicación y redes sociales ríos que se recuperaban y aclaraban, animales correteando por playas antes vedadas por el ser humano y sus veleidades vacacionales, peces recorriendo mares y canales antes impensados, ciervos, corzos, jabalíes, pumas recorriendo pacífica y serenamente ciudades desiertas,… y sobre todo silencio, ese bendito silencio que se ha enseñoreado de las calles, de los barrios, de las ciudades,… ¡Dios, cuánto amo el silencio¡ ¡Cuánto lo echaba de menos sin saberlo¡

Pero todo acaba y ahora volvemos a lo que todo el mundo ha dado en llamar la nueva normalidad. Si la vieja ya era una mierda ¿qué podemos esperar de la nueva? La humanidad aguarda para reincorporarse nuevamente a esta sociedad depredadora sin plantearse modificar nada, mientras voces absurdamente optimistas hablan de lo que hemos aprendido, de lo que vamos a cambiar, yo veo que seguiremos dejándonos llevar hacia un lugar que se parecía demasiado al de antes, así que las mujeres seguiremos siendo violadas y asesinadas, el fascismo seguirá ganando adeptos, el capitalismo seguirá depredando la naturaleza y a los seres humanos, seguiremos contaminando, sacrificando animales, ensuciando mares,…, olvidaremos todo lo bueno que podríamos ser: la solidaridad, la ayuda mutua, la cooperación, la empatía, la ternura,… y volveremos a esa nueva normalidad que se parece demasiado a la antigua.

Así que no, no voy a decir que el confinamiento ha sido un infierno sino todo lo contrario y que si por mí fuera, continuaría con esta forma de vida alejada del mundo. Ya os lo he dicho, soy una misántropa.

Me decía el otro día una persona que si he tenido la nevera llena, un techo sobre mi cabeza y mi familia ha estado sana, debería dar las gracias, no quejarme, ser feliz. Lo que esta persona no entendía y nunca entenderá es que yo no lloro por lo que tengo, sino por lo que les falta a otros.


Patri Arcadas

viernes, 24 de enero de 2020

Educando mujercitas



Siempre me he sentido inclinada a ponerme de lado de las personas más indefensas, lo que socialmente se traduce en aquellas pertenecientes a colectivos discriminados y/o fuera de la norma establecida, sea ésta la que sea. Con los años una ha ido desarrollando aún más este instinto cuando los conocimientos se amplían y empiezas a vislumbrar primero y conocer después, el modo en el que el sistema articula el poder y sitúa a unos arriba (hombres, blancos, heterosexuales, ricos, capacitados, religiosos, ajustados a los estereotipos de belleza, con estudios, humano sobre animal, etc.) y a otros abajo (los demás) y eso te hace sentir de forma aún más lacerante las injusticias que se comenten alrededor.


Es este sentido de la justicia o la empatía o la compasión, vete tú a saber, lo que me ha hecho indignarme con un vídeo que ha empezado a circular recientemente con el acoso, los insultos y los gritos recibidos por dos personas transfemeninas/mujeres trans en un bar en EE.UU. Obviamente me solidaricé con ellas porque nadie, absolutamente nadie, debe ser insultado, acosado, irrespetado o amenazado por ninguna condición personal, sea sexo, raza, orientación sexual, religión, etc., y eso obviamente incluye a las personas trans, quienes merecen todo el respeto del mundo no por ser trans, sino simplemente por ser personas. Reconozco que de forma algo malvada me sentí secretamente feliz viendo cómo se defendieron de su acosador y me hizo decirme a mí misma que ojalá hiciéramos todas los mismo para que el miedo cambiara de lado, pero este pensamiento también me llevó un poco más allá. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Será que las nacidas hembras humanas y por tanto socializadas como mujeres desde el momento que se descubre nuestro sexo, no somos capaces de defendernos físicamente? ¿Acaso va en nuestros genes la cobardía, la no violencia? ¿Por qué estas personas transfemeninas/mujeres trans sí que utilizaron sin dudar la violencia física y nosotras no somos capaces? Mi respuesta sólo es una: la socialización.


Desde el segundo uno en que venimos al mundo estamos dentro del engranaje del patriarcado que, habiéndonos asignado el género femenino, nos dice que somos débiles, sumisas e inferiores. Crecemos con la creencia de que somos incapaces de oponernos físicamente a un hombre y mucho menos imponernos, de modo que, aun siendo una realidad irrefutable que los hombres poseen como machos de la especie mayor fuerza física, altura, peso o musculatura, ni siquiera en una situación hipotética en la que nosotras tuviéramos mayor corpulencia se nos pasaría por la cabeza utilizar esta superioridad física en una confrontación, simplemente no nos lo creemos, hemos asumido nuestra debilidad.

Son infinitas las veces en que hemos estado en la misma situación que las personas del vídeo y algún hombre nos ha insultado por cualquier motivo (nuestra ropa, nuestro rechazo a sus avances románticos, nuestra sexualidad,…  cualquier excusa es buena para atacarnos). ¿En cuántas ocasiones hemos respondido o incluso enfrentado físicamente? Básicamente ninguna. No digo que no haya hermanas capaces de hacerlo y que hayan tenido la valentía y seguridad en sí mismas suficientes para haberlo llevado a cabo pero, como regla general, solemos preferir evitar esa confrontación. Aguantamos los insultos, nos enfadamos, nos desahogamos entre nosotras, quizá le digamos algo pero no demasiado agresivo, no demasiado retador, no demasiado maleducado (hasta en esto nos suele pesar la educación de niñas buenas) y rara vez por no decir nunca lo retamos físicamente o lo agredimos, antes optamos por marcharnos del lugar.

La idea de que podríamos o deberíamos hacerlo, la idea de actuar como las personas de este vídeo y hacer valer también nuestra posible violencia defensiva es seductora porque ¿quién de nosotras no ha soñado con que el miedo pase al otro bando? Pero por otro lado no puedo dejar de pensar que como feminista quiero ser mejor que los hombres, mejor que ese mundo que ellos han creado lleno de violencia y dominio.

Considero que hay valores enormemente positivos en nuestra socialización: los cuidados, la empatía, la resolución pacífica de conflictos,… el problema no está ahí sino el contexto en que estos valores se desarrollan: sumisión, aprendizaje de la indefensión, prioridad del otro sobre una misma,…, de momento sólo nos queda ir desaprendiendo y batallando contra ese contexto.

Mientras, sigo mirando ese vídeo y preguntándome si sería bueno que nosotras asumiéramos esa violencia para defendernos y me digo no, no, no,…, pero ¡Ay, Dios, de qué buena gana le metería dos hostias a más de uno¡


Patri Arcadas

miércoles, 11 de diciembre de 2019

El mito de las inmigrantes robahombres



Está mi amiga, que me cuenta que su hermana se ha divorciado porque una “venezolana calentorra” le ha robado el marido, está mi compañera de trabajo, que me cuenta que a su padre lo ha desplumado una “rumana espabilada” que se lo cameló, se casó con él y ahora se ha gastado todos sus ahorros, está mi vecina, que me cuenta que su amigo se va cada año a Kenia a hacer voluntariado y se quedó prendado de “una negrita” que le ha sacado todo y ahora no quiere saber nada de él. Todas esas mujeres despotrican contra otras en las que no se reconocen porque son de otra nacionalidad, otra raza, otra cultura, guardan su compasión y su empatía para ellos, los hombres, los grandes beneficiados de la historia, de nuestras simpatías y de nuestra solidaridad.

Yo pienso en qué haría si me viera en un país desconocido, sin trabajo, sin techo, sin papeles, sin un plato que llevarme a la boca, sin futuro. ¿Acaso no haría lo que fuera por sobrevivir? ¿Acaso no me agarraría a lo que fuera, incluso a un hombre que me ofrece su condescendencia, con tal de cubrir mis necesidades básicas? Sería muy fácil decir que no porque no me he visto en esas circunstancias, tan fácil como suponer que nuestras normas morales, nuestra ética, nuestro sentido de la dignidad se impondrían a la inseguridad y a la carencia de todo lo esencial. Moralmente es fácil decir que conquistar a un hombre casado con la finalidad de que abandone su mujer y te mantenga a ti, está mal, conquistar a un señor entrado en años para casarse con él y aprovechar para desplumarlo, está mal, dejarse querer por un hombre que dice haberse enamorado de ti y exprimirle hasta la última moneda, está mal. Pero a veces la moral choca con la vida y la realidad de estas mujeres se resumen en hambre, frío, carencias, necesidades e inseguridad totales.

Recuerdo “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir donde decía que si las mujeres éramos miserables, interesadas y mezquinas no era porque formara parte de nuestra naturaleza, sino porque la sociedad estaba configurada para que fuéramos así, no nos dejaban otra opción. Así que volviendo al caso anterior ¿qué opciones tenían esas mujeres aparte de conquistar a esos hombres y seducirlos para aprovecharse de su superioridad económica?

No obstante todo lo anterior, lo que más me fascina de estas historias no es la incapacidad de las mujeres que me rodean de sentir empatía por esas otras, las malas, las inmigrantes aprovechadas, las que vienen a robarnos los hombres, lo que me maravilla es la ceguera ante el hecho de que esos hombres por lo que sienten tanta compasión, esos pobres hombres engañados, enamorados, traicionados, estafados, en realidad son unos abusadores. Sí, lo son. ¿Acaso el marido casado olvidó el vínculo que le unía a su esposa? ¿acaso la “venezolana calentorra” tiene el superpoder de la dominación mental para conseguir que dejara de amar a su pareja y se fuera con ella? No, fue él quien decidió traicionar su relación, pero la culpamos a ella, la inmigrante robahombres. ¿Acaso el viejecito enternecedor creía realmente que esa “rumana espabilada” con veinte años menos se estaba enamorado de él? ¿acaso no se aprovechó en realidad de su necesidad para someterla a su fantasía romántica, a su dominación económica, para hacer de ella su fetiche y seguir creyéndose un Don Juan todavía vigoroso y atractivo? No, ella no se enamoró de un señor que podría ser su padre, ni de su inteligencia ni de su verborrea ni de su apostura, ella simplemente necesitaba sobrevivir y aprovechó la ocasión a costa de ser sometida a una fantasía masculina. ¿Acaso pensaba el generoso voluntario que aquella “negrita” se echaba espontáneamente a sus brazos maravillada de su buen corazón y generosidad? ¿acaso no se aprovechaba él de su ignorancia, de su pobreza, de su miseria, para sentirse el héroe, el aguerrido salvador? No, él no es ningún héroe digno de admirar, se aprovechaba de ella y no al revés.

Así que cuando escucho hablar a tantas personas sobre esas inmigrantes que nos vienen a robar los hombres, a engañarlos, engatusarlos, desplumarlos,…, no siento ninguna conmiseración por ellos, lo siento, porque en realidad no son sino otros hombres más abusando de su superioridad económica, social, cultural,…, otros hombres más abusando de la miseria y la podredumbre en la que viven tantas mujeres y especialmente ellas, las olvidadas, las sin papeles, las racializadas, las que no existen, las inmigrantes. Incluso aunque ellos pudieran ofrecer sus sentimientos de manera espontánea y sin reservas no dejan de estar aprovechándose de la situación de ellas, así que no, lo siento, ellos no me dan ninguna pena. Son abusadores de pequeña escala, de andar por casa, de los que encontramos por la calle cada día, pobres sugar daddies de pacotilla usando sus privilegios para sentirse Richard Gere en una película que no les gusta a nadie más que a ellos.


Patri Arcadas

martes, 26 de noviembre de 2019

Harta del 25N



Sí, lo reconozco. Estoy harta del 25 de noviembre. Harta de marchar por la ciudad reclamando que no nos maten, harta de ver crecer el número de hermanas muertas, harta de los manifiestos grandilocuentes de los políticos que lo único que saben hacer es posar para la foto, harta de los minutos de silencio, de charlas, talleres y actividades, harta de que no sirva de nada porque seguimos volviendo cada año a lo mismo. Y no sólo cambia nada, además todo es peor. Este año un partido de extrema derecha al que no me da la gana ni mencionar se ha reído de nosotras, de las víctimas, de la democracia, de los derechos humanos, y lo peor de todo es que no son los únicos, detrás de ellos tres millones y medio de españoles y españolas, sobre todo españoles, les han votado porque han puesto palabras a lo que realmente piensan: que las mujeres en casa cosiendo, limpiando y criando y que nos dejemos de tanta tontería, qué más queremos que nos mantienen los maridos…

Estoy harta. Pero he vuelto a acudir a las marchas, al minuto de silencio, a la lectura del manifiesto, al lacito violeta,… He vuelto una vez más y este año, como nunca, me he sentido totalmente descorazonada. Asistí a la charla de un juez que, se suponía, iba a hablar sobre violencia de género; un juez que, se suponía, tenía perspectiva de género y conocía del tema. No lo nombraré, no diré el lugar, no comentaré muchas de sus opiniones. Que sobre con decir que la charla estaba dirigida a cuerpos policiales, jurídicos y sociales que trabajan con víctimas, que yo asistí como voluntaria de una asociación de asistencia a mujeres y que salí, literalmente, asustada.
En un punto de la charla al que no sé ni cómo se llegó, las personas que atendemos a víctimas desde las asociaciones y desde el voluntariado feminista nos quedamos totalmente anonadas contemplando cómo el juez, trabajadores del juzgado, integrantes de cuerpos de seguridad y algunos letrados y letradas del turno de violencia de género sacaban a la palestra el tema de las denuncias falsas, el perfil de las “víctimas de verdad”, el interés de las mujeres en denunciar para obtener ayudas, en fin, todos los estereotipos de libro con los que nos enfrentamos a diario pero reflejados en quienes deben proteger a las víctimas. Este año dejé que otras compañeras pelearan, gritaran y se manifestaran, yo no tenía fuerzas esta vez, de verdad que no.

Salí de aquel acto con una tremenda sensación de derrota. ¿Dónde queda nuestra lucha? ¿dónde arraigan nuestros argumentos? ¿dónde se han posados nuestras reivindicaciones? Las personas que deberían defendernos, las personas que deberían creernos, las personas que han de atendernos cuando somos víctimas de violencia de género siguen pensando que existen “víctimas de verdad” (llorosas, temblorosas, mudas,…) y “víctimas de mentira” que como mucho sólo tienen relaciones conflictivas con sus parejas, siguen pensando que las mujeres denuncian para tener beneficios en los divorcios o ayudas económicas o ayudas laborales, siguen pensando que mentimos y denunciamos en falso, siguen pensando que… No digo que todos los jueces, cuerpos de seguridad, jurídicos, etc., piensen así, pero siguen siendo muchos, demasiados. Aquella tarde fueron la inmensa mayoría.

Quienes asistimos a aquella charla y militamos en el feminismo acabamos reuniéndonos en el bar de enfrente, solas, pesarosas, apesadumbradas, sorprendidas, incrédulas,… la voz baja, la mirada en el suelo, los hombros caídos, la garganta atada,… Pasaron los minutos, terminamos nuestro café, salimos de una en una a la calle para despedirnos y cuando ya no quedaba más por decir dijimos lo único que sí quedaba por decir: “Mañana seguimos”.



Patri Arcadas

jueves, 31 de octubre de 2019

Mi maltratador me ama



Hace unos días me estaba tomando un té tranquilamente en una cafetería cuando, accidentalmente, escuché a dos chicas jóvenes hablando en la mesa que tenía al lado. “Es que yo lo quiero y él me quiere. Lo sé. Me lo dice todos los días”. Comprenderéis que con semejante frase una feminista irredenta como yo no puede dejar de prestar atención. La conclusión que saqué de palabras sueltas que escuché aquí y allá es una historia ya bien conocida por cualquier de nosotras: chico celoso, posesivo, controlador, chica insegura, enamoradísima, resignada. Un día él pierde los papeles y la golpea, después vuelve llorando y pidiendo perdón clamando a los cuatro vientos cuánto la ama. Ella, como siempre, le perdona.

Por algún motivo que sólo mi mente caótica sabrá, recordé una conversación que tuve con mi padre. Sí, ése, el maltratador. Nos recuerdo en la casa del pueblo pelando tomates para hacerlos en conserva (rústica que es una, ya veis) y yo tendría unos trece o catorce años; no sé si la conversación giraría en torno al matrimonio o a las parejas o si él me veía crecer y pensaba que pronto empezaría a salir con chicos (a saber después de tantos años) pero sí que recuerdo una frase que me impactó: “a mí me gustaría para ti un hombre que te quiera tanto como yo quiero a tu madre”. Recuerdo con claridad que pensé “pues qué poco me quieres” contemplando con horror la posibilidad de tener a mi lado un hombre como él, pero después de aquello la frase ha venido a mi mente en múltiples ocasiones y he de reconocer que nunca dudé de que mi padre amaba a mi madre. Siempre creí que era así, que la amaba mal, que la hacía sufrir, que no sabía hacerla feliz, pero que sin duda y a su manera la amaba y mucho.

Ahora comprendo que los parámetros con los que medimos el amor están equivocados, siempre lo estuvieron en la medida en que los diseñaron ellos y para ellos. Un amor que supone que los hombres sólo ofrecen retazos del tiempo que les sobra, un hipotético sustento económico que todas sabemos que no siempre es tal, un amor que ignora nuestros deseos, nuestros sueños y nuestros tiempos, un amor que en realidad no es más que el espejo de sus propias y egoístas necesidades que no nos contemplan. Pero ese era y es el amor que nos venden, ese amor absorbente, exclusivo y pasional pero en el que las obligaciones, las excepciones, los perdones y la entrega siempre estuvieron desigualmente repartidas, tocándonos a nosotras la peor parte. Mi padre amaba a mi madre, sí: trabajaba para el sustento de la familia, la quería en exclusiva, la celaba, sentía temor a perderla, pretendía obligarla a que sólo tuviera ojos para él. Ese era el concepto del amor que tenía mi padre, contemplarla como una propiedad a la que nadie debía tocar. Y si él era feliz ella también debía serlo, ¿cómo iba a imaginar que mi madre tuviera necesidades y deseos propios? 

Poco a poco el feminismo va cambiando la forma en que el amor se conceptualiza, aunque aún queda un trabajo hercúleo por hacer. ¿Cómo no va a quedar con películas y novelas y música que erotizan y romantizan el acoso, los celos, la posesión, el maltrato? Pero estamos en ello. Mientras tanto seguirán existiendo hombres como mi padre, que dentro de los pobres y estrechos parámetros con los que se ha medido siempre el amor, han pensado que amaban mucho y bien. 

Qué suerte de no tener un hombre que me ame como él. Qué suerte de que quizá no me quieran tanto pero que me quieran mejor. Qué suerte haber aprendido que si es amor, no duele.

 Patri Arcadas

viernes, 27 de septiembre de 2019

L@s niñ@s no mienten


Cuando mis hermanas y yo abandonamos definitivamente el domicilio familiar, mi padre empezó a quejarse de que nunca íbamos a visitarlo ni le llamábamos ni nos preocupábamos de su salud; nuestras visitas eran pocas y cuidadosamente estudiadas para no coincidir con él. Tras el divorcio se propuso divulgar a todo aquel que quisiera escucharle que sus hijas le habíamos dado la espalda y que, aparte de malas personas, habíamos sido influenciadas por mi madre que nos había malmetido y puesto en su contra, convirtiéndola a ella en la mala malísima de nuestra relación paterno-filial.

Resulta curioso que mi padre pudiera creer que mujeres hechas y derechas como éramos ya sus hijas careciéramos de criterio para discernir qué era verdad y qué mentira de lo que, hipotéticamente, mi madre nos hubiera contado.
Parece ser que no sólo era una madre perversa, sino también una mujer de poderes sobrenaturales tan extraordinarios que era capaz de implantar en nuestra memoria recuerdos falsos ya que, según la versión de mi padre, no era cierto lo que ella nos contaba, de modo que deben de ser también falsas las imágenes de mi madre sobre un charco de sangre porque él le había roto la ceja, de mis visitas a escondidas con ella a urgencias con moratones, ojos morados, nariz rota y un largo etcétera de “casuales accidentes domésticos”, deben de ser también falsos los recuerdos de mis hermanas abrazadas en un rincón del dormitorio mientras la pequeña se orinaba encima de puro miedo o de mí arrancándome la piel de los antebrazos con las uñas castigándome por ser una cobarde y no atreverme a enfrentarlo cuando nos pegaba. Falsos, según él, falsos todos los recuerdos, malquerencias de mi madre, manipulaciones, mentiras,…, qué extraordinaria capacidad la de mi madre para insertar falsos recuerdos en nuestras mentes infantiles y en las juveniles y en las adultas…, cualquiera diría que si ella gozaba de semejante superpoder bien podría haberlo convencido para que cogiera la puerta y se marchara. Tonterías de mujer que prefería manipular a las hijas en vez de al marido, tonta más que tonta… (aclaro la nota de sarcasmo, no vaya alguien a tomarlo literalmente y me acuse de defender a un maltratador)

La cuestión es que ni ahora mis recuerdos son falsos ni lo fueron entonces, que mi madre si hizo algo fue callar y tapar, lo cual durante muchos años le eché en cara porque me decía que yo interpretaba erróneamente lo que veía, que las palabras que mi padre pronunciaba querían decir otra cosa diferente, que la bofetada era una caricia mal calculada, que el moretón una caída, que la vejación un broma… así que si hubo alguna mentira que saliera de su boca fueron las encaminadas a hacernos creer que no pasaba nada, que no era para tanto, que lo habíamos interpretado mal.

Durante mucho tiempo me culpé por no hablar. Ahora me doy cuenta de que da igual que lo hubiera hecho porque la sociedad, la justicia, el patriarcado, me hubiera silenciado. Lo veo cuando caen en mis manos publicaciones sobre el SAP, ese invento conocido como Síndrome de Alienación Parental. Para los profanos y profanas aclaro que este invento psicológico es un supuesto síndrome por el cual una niña o niño mostraría una actitud de rechazo, miedo u hostilidad hacía uno de los progenitores inducido psicológicamente por el otro. Su lógica es tan perversa que, cuanto más muestra un niño o niña su rechazo a un progenitor, más manipulación se entiende que hay por parte del otro y la receta que da es apartar de manera radical a la hija o hijo del manipulador y entregarlo a aquel contra quien se ha indispuesto. Fácil ver lo criminal de todo: cuanto más temen los hijos e hijas a sus padres maltratadores, más interpreta el SAP que son manipulados, porque ¿quién va a creer que un menor dice la verdad? ¿quién va a creer a esa niña que dice que su padre le pega?¿quién va a creer a ese niño que afirma que su padre es un  monstruo? Nadie. El sistema está perfectamente engrasado para seguir endiosando al hombre y presuponiéndolo un buen padre de familia y en igual medida que se duda de la palabra de los niños y niñas lo mismo se hace con la madre ¿cómo se atreve ella a cuestionar al padre? ¿cómo se atreve a apartarlo de él aunque sea con la excusa del maltrato? ¿no es de sobra conocido que un maltratador puede ser un buen padre? (Nuevamente, sarcasmo modo on).

Las niñas y niños no son creídos porque se invalida lo que dicen, adultocentrismo. Al padre se le presupone siempre un buen padre de familia y así lo perpetúa un sistema judicial viciado de machismo, patriarcado. Y si quieren saber por dónde viene la misoginia más brutal, les contaré un secreto: el Síndrome de Alienación Parental se llamaba originalmente SÍNDROME DE LA MADRE MALICIOSA. Ahí es ná.



Patri Arcadas